miércoles, 21 de febrero de 2024

 PROPUESTA 3


UN CAFÉ SOLO

 Juan Francisco Reyes   

 

 

Abrió la puerta de un solo golpe y entro sin vacilar, mirando a un lado y a otro, escaneando cada rincón del local. Caminaba despacio, altanero, con la cabeza erguida y sonriente. Impoluto en el vestir, ni una arruga, agradable a la vista y con un marcado gesto viril. Al acercarse el taconeo de sus zapatos resonaban en el ambiente. Su pelo engominado y brillante algo ensortijado le daban un aire distinguido. Lo reconocí al instante, me temblaron las manos. Él no me conocía. Llegó a la barra, apartó uno de los taburetes y me hizo un gesto con la mano para que acudiera a donde se encontraba.

- Un café solo chavalote- pidió sin saludar-  y una copa de coñac. Y por su aliento pude saber que no era la primera de la mañana.

- Buenos días, en seguida se lo pongo.

- Poca gente a esta hora ¿no?- lanzó la pregunta al aire, sin esperar respuesta. Estarán todos en la manifestación – concluyó.

Mientras mis manos preparaban el café, mi cabeza pensaba en Fernando, en cómo estaría, en las secuelas que sufriría, me importaban las físicas pero mucho más las psíquicas, en cómo afrontaría el día a día después de lo ocurrido hacía apenas cuarenta y ocho horas, en como estaría …

- ¿Tarda mucho ese café? - interrumpió mis pensamientos.

- En seguida estoy.

- Que digo que estará hoy la gente en la manifestación esa ¿no?

- No lo sé, supongo.

La manifestación esa había surgido espontanea, en defensa de unos derechos, de un colectivo, que aunque las cosas parecían cambiar, siempre iba por detrás. Dos días antes,  una pareja tomaba unas cañas en una terraza, con ellos estaba Fernando, mi Fernando. Los tres habían salido a celebrar que los primeros llevaban dos años de noviazgo, yo me uniría en cuanto saliera de trabajar. La pareja fue increpada por el simple hecho de besarse, de quererse, de mostrar su amor en público. Hay cosas que ciertos animales no pueden comprender. Maricones, aquí no queremos maricones, estáis llenando España de basura, comenzaron a gritarles. Y sin darles tiempo a defenderse, uno se levantó y le asestó varios puñetazos a Fernando, que los instaba a marcharse para no buscarse problemas. Uno de los golpes le rompió la mandíbula y cayó al suelo. Yo llegué cuando los cuatro desalmados corrían, huyendo de forma medrosa y ruin. Pero pude verle la cara a uno de ellos. Y ahora lo tenía enfrente, acabándose un café y dispuesto a tomarse otra copa. ¿Qué hago? Pensé. Sería muy fácil ponerle algo en la bebida, algo que le sirva al menos para que se llevara un tiempo en el hospital o cargármelo aquí mismo, con uno de éstos cuchillos le puedo asestar un corte en su sucia garganta. Pero ¿qué ganaría yo? No puedo ponerme a su altura, no soy así. Casi nadie lamentaría su pérdida, pero su madre no se lo merece. Pero habrá que pararlo, denunciarlo no sirve de nada, su palabra contra la mía. Mañana estaría otra vez ensuciando la calle. Maldito sea. Tenía ganas de matarlo, pero me han educado de otra manera. No puedo quedarme sin hacer nada, no me lo perdonaría. Pienso en Fernando, en qué haría él si estuviera aquí, en mis amigos que tuvieron que tragarse aquella humillación. Sería tan fácil y tan rápido. Aquí solo estamos él y yo. Mi rabia y mi desprecio jugarán de mi lado. No tiene porque enterarse nadie. Temblaba mientras secaba los vasos. Él parecía normal, sin remordimientos, o quizás si. Ojeaba un periódico y miraba la tele sonriendo, evidentemente cualquier gesto suyo lo interpretaba como un desafío. Debía tranquilizarme.

- Cóbrate y quédate con el cambio chaval - dijo tirándo un billete de cinco euros a la barra.

Apuró su copa y me saludó levantando levemente la barbilla.

- Nos vemos – me dijo- Me habían dicho que eras tan cobarde como tu novio, pero quería comprobarlo.

Y salió por la puerta sin mirar atrás.


 PROPUESTA 3


Luana 

Jesús Ruiz

 

Fue en abril de 1981, cuando acudí una tarde a visitar a un cliente a petición suya. Vivía en el barrio de Los Remedios, en un piso de lujo. Era un conocido futbolista que jugaba en primera división.

Abrió la puerta de la vivienda su esposa, una chica brasileña, vestía camiseta ajustada que resaltaba su pecho, y una falda corta que mostraba sus largas piernas. Con agradable sonrisa y acento meloso, me hizo pasar al salón, donde esperaba su marido.

Tras saludarlos, me senté en el sofá, situado frente a los sillones que ocupaba el matrimonio. Desplegué el contenido de mi maletín en la mesa pequeña que nos separaba, y el futbolista me ofreció una copa, que acepté.

—Luana, pásale una, por favor —dijo.

Ella estiró el brazo hacia el mueble que tenía próximo, girando el cuerpo y despegando las rodillas, ofreciendo una imagen que poco tiempo después hizo famosa Sharon Stone.

Me acercó la copa, y su marido me sirvió pisco, bebida peruana de moda entonces.

No habían transcurrido cinco minutos de nuestra conversación cuando él se levantó, y se dirigió hacia una estancia, que, por los ruidos producidos, deduje era el baño. Luana me miró y me sonrió.

—¿Me ayudas en la cocina a preparar algo? —me dijo con sensual tono.

—Por supuesto —le respondí.

Fuimos allá, se situó frente a la encimera, de espaldas a mí, volvió su cabeza, me miró, y se levantó algo la falda con su dedo índice, mostrando sus nalgas morenas, que acaricié con ambas manos, notando su tacto de melocotón, mientras besaba su cuello. Un ruido en el salón hizo que dejáramos nuestro juego y fingiéramos preparar algo. Apareció el marido.

—Luana, ¿vas a hacer trabajar a nuestro invitado?

—Le he pedido que me ayudara a preparar algo para no dejarlo solo. ¿Qué te ha pasado?

—Nada importante.

Nos sentamos de nuevo. Luana jugaba con sus rodillas, mostrándome su anatomía íntima con picardía cuando su marido hojeaba algún documento.

El hombre se levantó de nuevo y se dirigió al baño. Me volvió a pedir su esposa que la acompañara a la cocina, donde comenzó a acariciarme con deseo, correspondiendo yo de la misma forma. Bajó mi cremallera y metió su mano mientras nos besábamos. Entonces se escuchó la cisterna. Volvimos al salón y nos sentamos antes de que apareciera el marido. Bebimos para que no se notara el roce de nuestras bocas.

Retomamos nuestra conversación, y ella se levantó para acercarse a la cocina. Pasó tras el sillón de él, me lanzó un beso en silencio y se levantó la falda mientras sonreía. Llevaba en la mano un bote de Evacuol. Al momento regresó con unos canapés.

El hombre volvió a sentirse mal y me pidió disculpas por tener que interrumpir la reunión. Quedé en volver el viernes y traer la documentación de aquello que más le había interesado.

—No, el viernes no puedo, viajo por la mañana a San Sebastián con el equipo —dijo.

—No, que venga, yo voy a estar aquí, y ya te comento cuando regreses —dijo la mujer.

—Perfecto, mejor —ratificó él.

—Pues entonces, vuelvo el viernes.

Me acompañó Luana hasta la puerta.

—Te espero el viernes, ven preparado y sin prisas —dijo en voz baja.

Salí mientras escuchaba a su marido entrar al baño.

 

 

 


 PROPUESTA 3

“ERUDICCIÓN VITAL”

Antonio Jiménez Polvillo

El padre de Luis corrió hacia la puerta de salida por el viejo callejón de la casa, pero se la encontró cerrada, estaba totalmente acorralado por su sobrino Sergio, que fuera de sí y con la mirada desbocada, lo amenazaba con un enorme cuchillo de cocina en la mano gritándole que lo iba a matar.

—¡Usted no comprende nada, absolutamente nada! —concluyó con determinación Luis mientras se dirigía a Alfredo con mirada amenazante—, ni sabe lo que es la empatía, por eso estoy aquí, y desde ahora hablaré yo.  Su problema es que cree que lo sabe todo de la vida, y que con sus extensos estudios y títulos puede conseguirlo todo.

 Alfredo permanecía en un rincón de su estudio, con la cara descompuesta y blanca, el cuerpo rígido y paralizado por el miedo, apenas le salía la voz  y su respiración estaba desbocada

—Tranquili..traquilo Luis, por Dios tranquilí… —balbuceó Alfredo con la voz impregnada en pánico.

—¡Cállese y escuche, ahora solo hablo yo! —le cortó con vehemencia Luis—. Ese día no fue el único, hubieron muchos más, durante años y de distintas formas desde que lo acogieron mis padres. Pude escuchar los lamentos, injurias de mi primo Sergio a pesar de taparme con la almohada, me sentía cansado, asqueado, superado por  un inmenso dolor, volteado por una avalancha de sentimientos contrapuestos  mezclados con un taimado sentimiento de culpa. Una aborágine de confusión que  golpeaba mi alma sumiéndola en una gran oscuridad. Cuando gritaba  a mi madre, sentía un profundo odio, quería salir, enfrentarme a él, matarlo; si le daba una patada a la puerta una vez más, un hartazgo enorme, aquello no tenía fin; pero por otra parte cuando Sergio rompía a llorar desesperado por su situación, me imnundaba una enorme tristeza y conmoción, cómo podía ayudarlo, qué gran impotencia, mirando al cielo y dirigiéndome a Dios me preguntaba  por qué mientras lloraba desconsoladamente. Eso no viene en ninguna de sus famosas publicaciones, usted no entiende nada, absolutamente nada.

Decidí salir de mi habitación a cenar, me sentía inquieto, muy intranquilo, Sergio seguía con su retajila andando de un lado a otro de la casa, y muy tenso, maldiciendo la vida, culpando a mis padres, a todos. Me dispuse a cenar, coloqué el plato y los cubiertos rápidamente, me senté, mis pies de puntilla al suelo y las piernas en tensión. Pero usted nunca lo podrá entender, no tiene conciencia. Comencé a comer engullendo casi sin masticar aquel plato de espaguetis. Sergio y mis padres también se sentaron a cenar, bajo un silencio tenso que lo envolvía todo y que se hacía eterno. Entonces, en el momento menos esperado, un enorme golpe que te vuelve el corazón del revés, un puñetazo sobre la mesa hizo saltar los platos, que cayeron al suelo rompiéndose en mil pedazos,  “¡estoy harto de todo!” gritó fuertemente, y cogió un cuchillo de cocina. Como pudimos salimos cada uno en una dirección. Sergio salió detrás de padre que intentaba escapar por el callejón. Pero eso nunca ni tan siquiera lo podrá imaginar. Yo estaba aterrorizado, pero también con la ira rebozándome por cada poro de la piel. Un impulso primitivo me hizo coger una de las sillas de forma salvaje y dirigirme hacia el callejón sediento de sangre. Mi madre lloraba y gritaba desesperada de dolor. Solo atiné a decir “ven aquí que te mato cabrón”. Sí, eso dije, tal cual, que más da que esté bien o mal, ¿qué es el bien o el mal según usted?, ¿no lo sabe malnacido?, ¿acaso no quiere saberlo?, ¿cree que me siento culpable?, pues no, pero eso nunca lo entederá, nunca. Sergio dirigió su cólera hacia mi y me envistió con todas sus fuerzas, pero el sillazo le golpeó fuertemente los brazos y el cuchillo cayó al suelo. Luego seguimos golpeándonos durante unos minutos, hasta que jadeantes y extenuados nos separamos. Él se derrumbó sobre una silla llorando amargamente, con toda su alma al aire, con la inocencia de un niño, y poco a poco recuperamos algo de cordura. Esa noche mis padres cerraron el pestillo de su habitación , yo tuve que dormir bajo tensión, pues dormía en mi habitación. Pero eso no podría nunca comprenderlo, nunca,¿ o es que acaso lo ha leído en alguno de sus eruditos y sabios libros, de los que dispone de más de 1000 en este estudio?.

—Por favor Luis, ba, ba, baja ese cuchillo,  te, te lo suplico. —

—¡Callése, cállese le digo¡ —amenazó  Luis mientras avanzaba con determinación hacia Alfredo con el cuchillo levantado—. Alfredo entonces encogió  todo su cuerpo y puso sus brazos a modo de patalla, suplicando por favor que no le hiciera nada.

—¡Fue usted el que se saltó aquel  puto semáforo ebrio y con su coche provocó la muerte de mis tíos. Usted prestigioso Doctor en Psiquiatría, el mismo que con sus amigos jueces influyentes salió indemne de aquel juicio amañado desde el principio, destrozando nuestras vidas para siempre, maldito bastardo.—

Entonces Luis, con el cuchillo rozando ya el cuello de Alfredo, se giró bruscamente hacia la mesa escritorio,sacó una receta en blanco y  la clavó con todas sus fuerzas  sobre la madera de la mesa escritorio

—Ahora sí Doctor,  recétese aquí su propia medicación malnacido, ahora sí que lo comprende…



VERSIÓN CORREGIDA


ERUDICCIÓN VITAL

 

 

—¡Usted no comprende nada, absolutamente nada! —concluyó con determinación Luis mientras se dirigía a Alfredo con mirada amenazante—, ni sabe lo que es la empatía, por eso estoy aquí, y desde ahora hablaré yo.  Su problema es que cree que lo sabe todo de la vida, y que con sus extensos estudios y títulos puede conseguirlo todo.

 Alfredo permanecía en un rincón de su estudio, con la cara descompuesta y blanca, el cuerpo rígido y paralizado por el miedo, apenas le salía la voz y su respiración estaba desbocada

—Tranquilízate Luis, por Dios, tranquilo —balbuceó Alfredo con la voz impregnada en pánico.

—¡Cállese y escuche, ahora solo hablo yo! —le cortó con vehemencia Luis—. Ese día no fue el único, hubo muchos más, durante años y de distintas formas desde que lo acogieron mis padres. Pude escuchar los lamentos, injurias de mi primo Sergio a pesar de taparme con la almohada, me sentía cansado, asqueado, superado por un inmenso dolor, volteado por una avalancha de sentimientos contrapuestos mezclados con un taimado sentimiento de culpa. Una vorágine de confusión que golpeaba mi alma sumiéndola en una gran oscuridad. Cuando gritaba a mi madre, sentía un profundo odio, quería salir, enfrentarme a él, matarlo; si le daba una patada a la puerta una vez más, un hartazgo enorme, aquello no tenía fin; pero por otra parte cuando Sergio rompía a llorar desesperado por su situación, me inundaba una enorme tristeza y conmoción, cómo podía ayudarlo, qué gran impotencia, mirando al cielo y dirigiéndome a Dios me preguntaba por qué mientras lloraba desconsoladamente. Eso no viene en ninguna de sus famosas publicaciones, usted no entiende nada, absolutamente nada.

»Decidí salir de mi habitación a cenar, me sentía inquieto, muy intranquilo, Sergio seguía con su retahíla andando de un lado a otro de la casa, y muy tenso, maldiciendo la vida, culpando a mis padres, a todos. Me dispuse a cenar, coloqué el plato y los cubiertos rápidamente, me senté, mis pies de puntilla al suelo y las piernas en tensión. Pero usted nunca lo podrá entender, no tiene conciencia. Comencé a comer engullendo casi sin masticar aquel plato de espaguetis. Sergio y mis padres también se sentaron a cenar, bajo un silencio tenso que lo envolvía todo y que se hacía eterno. Entonces, en el momento menos esperado, un enorme golpe que te vuelve el corazón del revés, un puñetazo sobre la mesa hizo saltar los platos, que cayeron al suelo rompiéndose en mil pedazos, “¡estoy harto de todo!” gritó fuertemente, y cogió un cuchillo de cocina. Como pudimos salimos cada uno en una dirección. Sergio salió detrás de padre que intentaba escapar por el callejón. Pero eso nunca ni tan siquiera lo podrá imaginar. Yo estaba aterrorizado, pero también con la ira rebosándome por cada poro de la piel. Un impulso primitivo me hizo coger una de las sillas de forma salvaje y dirigirme hacia el callejón sediento de sangre. Mi madre lloraba y gritaba desesperada de dolor. Solo atiné a decir “ven aquí que te mato cabrón”. Sí, eso dije, tal cual, qué más da que esté bien o mal, ¿qué es el bien o el mal según usted?, ¿no lo sabe malnacido?, ¿acaso no quiere saberlo?, ¿cree que me siento culpable?, pues no, pero eso nunca lo entenderá, nunca. Sergio dirigió su cólera hacia mí y me embistió con todas sus fuerzas, pero el sillazo le golpeó fuertemente los brazos y el cuchillo cayó al suelo. Luego seguimos golpeándonos durante unos minutos, hasta que jadeantes y extenuados nos separamos. Él se derrumbó sobre una silla llorando amargamente, con toda su alma al aire, con la inocencia de un niño, y poco a poco recuperamos algo de cordura. Esa noche mis padres cerraron el pestillo de su habitación, yo tuve que dormir bajo tensión, pues dormía en mi habitación. Pero eso no podría nunca comprenderlo, nunca, ¿o es que acaso lo ha leído en alguno de sus eruditos y sabios libros, de los que dispone de más de mil en este estudio?

—Por favor Luis, baja ese cuchillo, te… te lo suplico.

—¡Cállese, cállese le digo! —amenazó Luis mientras avanzaba con determinación hacia Alfredo con el cuchillo levantado.

Alfredo entonces encogió todo su cuerpo y puso sus brazos a modo de pantalla, suplicando por favor que no le hiciera nada.

—¡Fue usted el que se saltó aquel puto semáforo ebrio y con su coche provocó la muerte de mis tíos! Usted, prestigioso Doctor en Psiquiatría, el mismo que con sus amigos jueces influyentes salió indemne de aquel juicio amañado desde el principio, destrozando nuestras vidas para siempre, maldito bastardo.

Entonces Luis, con el cuchillo rozando ya el cuello de Alfredo, se giró bruscamente hacia la mesa escritorio, sacó una receta en blanco y la clavó con todas sus fuerzas sobre la madera de la mesa escritorio

—Ahora sí Doctor, recétese aquí su propia medicación malnacido, ahora sí que lo comprende…

 

COMENTARIOS:

Ciñe el relato a una sola escena; la de Luis en la consulta del psiquiatra. El primer párrafo no aporta nada ya que ese momento se cuenta durante el soliloquio de Luis y solo sirve para despistar al lector. Era lo que me descolocó durante tu lectura.

Atención a las faltas de ortografía: si escribes con ordenador es muy posible que el auto corrector te marque determinadas palabras en rojo, comprueba que la ortografía es la correcta. Envestir (embestir), por ejemplo.

Atención a los adverbios acabados en –mente. Hay ocho en el texto. Es demasiado. Quítalos o sustitúyelos por otros verbos.

Los balbuceos en la conversación no es necesario escribirlos de manera literal. Ya lo aclaras en las atribuciones (balbuceó Alfredo)

Presta atención a la edición del texto. Facilita la lectura.


 PROPUESTA 3

Tic, tac, ¡boom! 

Beatriz Vélez García 


Diez 

Miro de reojo el número en la pantallita. Se me acaba el tiempo, lo sé, pero todos mis músculos se han bloqueado y los sentidos empiezan a fallarme. Veo nuboso, siento la boca seca, me zumban los oídos, huelo el miedo y las manos sudan como cataratas. 

Nueve 

He cortado el primer cable. Azul. Decían que era el neutro, pero la verdad es que lo he cortado porque tenía el mismo color de la equipación de mi equipo de fútbol y eso tenía que ser una señal. 

Ocho 

El calor es insoportable dentro de este traje. Siento las gotas de sudor bajar por la espalda. Es curioso, pero, mientras bajan, me provocan frío en los trozos de piel que recorren. 

Siete Quedan cuatro cables, ¿cuál cojo? Elegir el negro o el rojo sería muy obvio, ¿no? Quizás el amarillo. ¡Yo y mi falta de atención! ¡Se acaba el tiempo! 

Seis 

Sí, el amarillo, lo presiento. Fuera, uno menos, ya sólo quedan tres y tiene que quedar uno. 

Cinco 

Todas las miradas y todas las esperanzas están puestas en mí. La presión me hace crecer, ¡vamos, si quieres puedes! 

Cuatro 

Rojo. Sí, eso es. No puede parecer que estoy jugando al pito-pito-gorgorito. Soy un profesional. 

Tres 

El contador sigue descontando. ¡Qué paradoja! ¿No debería ser un descontador? Pero, ¡¿por qué no para?! 

Dos 

Dos segundos. Dos cables. Dos, dos. Solo dos. Negro y marrón. ¿Marrón o negro? La posibilidad de vivir o morir a un golpe de alicates. 

Uno 

El fin. Que sea lo que Dios o el Diablo quiera. 


一Pues bien, señores, gracias al soldado Cañete ahora estaríamos todos muertos, ¿no le ha dado por pensar en estos diez segundos que el único cable que tenía que cortar era el que paraba el reloj y no al revés?

martes, 20 de febrero de 2024

 PROPUESTA 3

Suspiros de España 

Rogelio Cortés Ciero

¡¡ Deje de mover esos papeles !!-dijo el inspector al agente López- Son simplemente notas. Blancas y redondas...y podían ser una pista. Además...-mientras le daba unos golpecitos en el hombro-...Usted nunca me dijo que sabía de música. 

Las partituras estaban esparcidas por el suelo alrededor del piano, que dibujaba el centro de aquel salón, donde cada tarde-noche la música dejaba otro color en aquella casa. Era un burdel donde las mujeres ligeras de ropa, y a la última moda, deambulaban acercando su cuerpo semidesnudo para aquellos hombres con una escondida identidad, que cada día visitaban sin saber que estuvieron en aquel prostíbulo. Una casa privada, en el que los clientes esperan y se relajan, mientras fuman, beben e incluso picotean en distintas mesas bajas que adornar aquel salón. Con un conjunto de habitaciones donde las prostitutas mantienen relaciones sexuales regentado por una madame, Martina, la encargada de mostrar a las chicas en ropas diminutas, y quien decide quien será la elegida para proporcionar aquellos servicios. 

A excepción de Rosalía, una de las chicas más sensuales, aquella que cantaba y tocaba el piano todas las noches. La más cotizada, la más exquisita de todas, que con una naturalidad innata y su belleza sin retoques, sus curvas eran perfectas de fácil medidas para un sastre sin tijeras, que facilitaba la difícil tarea de vender su cuerpo a cualquiera porque ella misma escogía a su hombre. La misma chica que aparece degollada, atada de pies y manos a los extremos de su cama, desnuda sobre su propio charco de sangre, donde en uno de sus pechos dibujaba a punta de navaja la clave de Sol. 

Eran las diez de la mañana de un domingo cualquiera, del mes de Junio de 1943. Aquella noche, después de tocar el piano, después de repetir una y otra vez el mismo tema "Suspiros de España", tema estrella de este año, abrumados por la situación bélica que se vivía en Europa y sin haber superado las heridas de la reciente guerra civil en nuestro país, un cliente no muy asiduo a la casa no dejaba de mirarla, mientras ella repetía aquel comienzo imitando a la gran Estrellita Castro...."Quiso Dios, con su poder, fundir cuatro rayitos de sol... y hacer con ellos una mujer"... 

Ella sabía que la miraba y que vendría en su búsqueda, que después del segundo sorbo de aquel Chinchón acercándose al piano como si cantar quisiera a dueto y cada vez más cerca de su cara, dejando unos billetes bajo aquella trama de partituras le dijo:

-Esta noche quien sabe de música soy yo, y quiero oler a tí. 

Pero ya tenía escogido su cliente. Aquel hombre que permanecía en pie cada noche, quién detrás de aquella escena y sin perder detalle de aquel movimiento de tablero, también la miraba, mientras otra de las chicas entre manoseo y caricias, le insistía a subir. Desconsolada Martina, aquella mañana, no daba crédito a todo lo ocurrido, sabiendo que la noche anterior Rosalía estuvo hasta pasada la una y media en aquel piano y después de recibir a uno de sus mejores clientes. Cuenta al inspector que la jornada había sido concurrida, donde varias veces tuvo que bajar a la bodega por Chinchón, Ron Bacardy y orujo de hierbas "el Afilador", y que en una de sus ausencias observó como ya Rosalía no estaba en el salón, pensando que otro cliente estaba prestando de sus servicios. Pero esta mañana la puerta de la casa estaba totalmente abierta y las partituras tiradas por el suelo, y entre ellas, aquellos billetes que alguien dejó. 

Los celos pudieron con su vida.

martes, 13 de febrero de 2024

 PROPUESTA 2

 

 

ESCALÓN DESGASTADO                          

 Lola B.P.

 

Hoy es el entierro y estoy sentada, acobardada, en un  escalón desgastado que rodea parte del perímetro de la  iglesia, es el mismo donde nos sentábamos cuando éramos adolescentes. Hace frío. No he querido entrar a pesar de las insistencias, prefiero esperar a  que termine la misa de difuntos. Me agobian las iglesias llenas de gentes, vacías son más interesantes. No soporto los discursos de los curas,  ¿Cómo negar la muerte? ¿Cómo alejar el sentimiento del dolor por la muerte de un ser querido?, mejor me vendría  aceptar  la perdida, sería lo más inteligente, o podría beber hasta quedar ebria, pero se me olvida que no bebo alcohol.

El coche fúnebre, frente a mí, está inmaculado, me llama mucho la atención como brilla y las coronas tan vistosas, parecen arcoíris.

La mayoría de los hombres, están fuera, como yo. Fuman y con sus mejores galas, buscan los últimos resquicios de sol de la tarde en la plaza del pueblo. Algunos me miran con extrañeza, preguntándose quizás, que hago sentada aquí, pero no quiero distracciones del qué dirán, tan solo quiero recordar tu cara, la he olvidado y quisiera entrar, abrir el ataúd pero sería un acto de locura, inapropiado, estoy confundida, por un lado me alejo de todo recuerdo por el dolor y por otro no me importa hacer una insensatez.

 

 Sin embargo, mi memoria acierta ferozmente, al  recordar palabra a palabra, cuando me anunciaste tú muerte a escondida de los demás. Tuviste mucho valor y yo muy poca recepción. Haz hecho todo un récor de estar viva a no estar nunca más. Un tumor inoperable galopante. Catorce días. Sesenta y cuatro años ¿Cómo lidiar con tu ausencia?, te lo reprocho infinitamente.  El cielo no existe, ni el limbo, ni el infierno,  todo esto sucede aquí en la tierra.  Deberías estar  salvando vidas como siempre, con esa bata blanca tan horrorosa, a la que tanto te aferraste e identificaba, con el bolsillo lleno de bolígrafos y el fonendoscopio para escuchar los sonidos que generan los cuerpos de los pacientes, que a ti, en muchas ocasione, ni te hacía falta nada más ver sus caras. Ayudaste a salvar vidas y a ti no te salvo nadie.

Me falto el último abrazo, no quise hacerlo cuando me diste la noticia, me falto la ultima discusión, no quise me dejaste muda,

Quisiera pedirte perdón amiga, darte ese abrazo y charlar durante horas, nuestra camaradería era única y vuelve la sinrazón y te busco en llamadas reciente y ahí estas, no te has ido y sin embargo, no me atiendes.

Me levanto y dejo este escalón desgastado, decido no acompañarte en el último paseo hasta el cementerio, no quiero una despedida, no quiero dar el pésame. Me dirijo  hacia la calle Vera Cruz, pasar por tu casa me consolará más que nada, la vida sigue, de eso estoy segura.

 

domingo, 11 de febrero de 2024

 PROPUESTA 2

El Bartolo 

Jesús Ruiz

 

 

 

Era un personaje singular del barrio, le llamaban «Bartolo» por su parecido físico con el personaje del tebeo, y por su escaso amor al trabajo. Era de mediana estatura, tenía alrededor de treinta años, y estaba fichado en la policía por pederastia, aunque entonces se denominaba «abuso de menores».

Solía vagabundear vestido siempre igual, con pantalón de pana de color indeterminado, una camisa que fue blanca, marcada en las axilas por una mancha amarillenta de sudor acumulado durante años, y unos zapatos cuarteados, de color marrón, que no habían conocido el betún. Vivía con sus padres, en una pequeña accesoria, donde su progenitor se ganaba el sustento como zapatero remendón, y con un pequeño puesto de chucherías al que acudían pocos niños.

Una tarde de verano, que me aburría en casa, salí a la calle a jugar, a pesar del calor, a mis ocho años no me afectaba. Jugaba con unas bolas de cristal, en cuclillas, ajeno a cuanto me rodeaba, hasta que alguien proyectó su sombra y me hizo mirar hacia arriba.

—Qué, jugando a las bolas, ¿no? —me preguntó «el Bartolo».

—Sí —le respondí.

Conocía la mala fama de este individuo, aunque no sabía que significaba abusar de menores, pensaba que era pegar a los chavales basándose en su mayor envergadura.

—¿No tienes bolas de china? —volvió a preguntar.

—No, son muy caras.

—Ven conmigo al kiosco y te doy dos.

—No, gracias.

Me sujetó el brazo con sus manos peludas, hincándome sus renegridas unas, mientras acercaba su cara a la mía.

—Te las voy a regalar.

Noté su halitosis, que me llegó a través de su sonrisa de burro, con unas enormes paletas amarillas y llenas de sarro.

—No las quiero. Tengo las de cristal.

—¿Te voy a hacer un regalo y me lo desprecias?

—No quiero nada tuyo. Déjame —le respondí.

—Pues vas a venir, quieras o no —dijo acercando más su cara.

Pegué un tirón del brazo y pude zafarme, aunque sufrí un buen arañazo de sus sucias uñas. Pensé en correr a mi casa, pero me cerraba el paso, por lo que opté por saltar la valla de un solar que tenía frente a mí, donde se acumulaban vertidos de escombros y otros desechos.

Pudo agarrarme, pero no lo hizo, por lo que salté sin dificultad el metro ochenta de altura, como había hecho en otras ocasiones. No conté con su agilidad, pues saltó sin apenas esfuerzo. Eché a correr entre los escombros, pero me persiguió hasta alcanzarme, sujetándome el brazo con fuerza. No pude soltarme, era más fuerte que yo.

—Ya no te escapas, niñato, te vas a enterar, aquí no nos ve nadie.

Cerca de donde estábamos, vi una tubería de plomo de algo más de un metro. Lo pisé con fuerza, me soltó, y cogí la tubería, él percibió lo que iba a hacer y se abalanzó sobre mí. Pude ser más rápido y le golpeé con fuerza en la cabeza. Cayó al suelo y comenzó a brotarle sangre. Asustado, la tiré, y corrí hacia fuera del solar, saltando la valla hacia otra calle. Iba sin parar, mirando atrás, pero no me siguió.

Durante muchos días, no sé cuántos, no salí a la calle, por temor a encontrarme con él. Desapareció del barrio.

Volvió a aparecer siete años después. Según decían, había estado en la cárcel. Mientras viví en el barrio, no volvimos a cruzarnos, no sé qué hubiera pasado de reconocerme.


viernes, 9 de febrero de 2024

 PROPUESTA 2

Rogelio Cortés Ciero

Aquellas balas sueltas


Todavía recuerdo aquel golpeteo continuo de las letras de aquella máquina de escribir.

-¿Y dice usted que no vio nada, señor Cortés? ¿Me dice usted que a primera hora de la noche, en

la oscuridad de aquel pasillo, escuchas el ruido del enorme cristal al caer, y no vio nada?

-Nada, mi sargento.

Mis dedos temblaban y no podía pararlo, mientras entrelazaba las manos para evitar mayor

tembleque. Nunca me ví en ese escenario, con tres hombres mirándome a la cara, y con tantas

estrellas en el hombro juntas.

Éramos seis soldados de reemplazo, 4 imaginarias y los cuarteleros, hace de ésto casi 30 años,

que olvidado en mi cabeza ha despertado de nuevo y es la primera vez que lo voy a a describir

en papel, para dejarlo fuera de mi recuerdo.

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Sentado en una banca en el Juzgado Civil de Sevilla situado en el Prado y bajo el puente de los

Bomberos, como un reo, con la blanca en el bolsillo por un servicio militar excelente, estaba

involucrado en un juicio que podía manchar aquel papel impoluto de mi licencia a última hora.

Yo sabía que todo aquello que había pasado dos meses antes de mis salida definitiva del

cuartel, en aquella camareta de la plana, tenía que dar la luz y esclarecer lo ocurrido, pero sin

pensar que me señalaran con el dedo como posible cómplice de algo que no vi.

Todo el arsenal robado en aquel armero, municiones, chaquetas antibalas, tres cuartos,

granadas...aparecieron en bolsas, en los contenedores de basura situados en los exteriores del

cuartel, a la espera que una mano civil los recogiera antes que el camión de la basura. Todo

estaba preparado desde el día anterior, donde despegando la goma del sellante que sujetaba el

cristal de la armería y con mucho cuidado, se colaron en ella, mientras hacían la limpieza

diaria de aquella camareta.

Yo, como cualquier otro día, estaba en el ensayo de aquella banda militar mientras todo

sucedía encima de mi cabeza, quedando guardado en un principio en sus propias taquillas, para

después sacarlas y a última hora de la tarde.

Pero....unas balas sueltas que quedaron lo delataron.

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11 de la noche, primera imaginaria. El sargento cuartel salió varias veces al pasillo para dar un


toque de atención al ruido, que interrumpió mi momento crucigramas de esas dos horas donde

debía de estar sentado en medio de aquella dos alas y frente a la escalera.

Me llamó la atención y tuve que callar a nadie, sólo podía bajarle la voz, mientras daba vueltas

a oscuras.

Volví a sentarme mientras pensaba en aquella palabra de siete letras.....cuando el ruido de

aquel cristal acabó con la noche.

 PROPUESTA 2

Hongos 

Loren Montero 


Mi padre me lo advertía cuando volvía del rastro: 

—Rafaelín, ten cuidado con los gérmenes, que están por todos lados. —Y me obligaba a pasarle un trapo con lejía a los objetos que compraba—. Allí no te toques el pijote. 

—Entonces, ¿cómo meo? 

—Amárratelo con una cuerda y tira de ella cuando tengas ganas. 

Y mi madre añadía: 

—Si algún día coges bichitos, nos plantamos en el hospital sin pedir cita. Las palabras mágicas son: prima Natalia, quinta planta, laboratorio. 

Jamás olvidaré la noche que follé con Vanesa. Qué polvazo, pero por la mañana notaba un picor... Lo examiné a la luz del flexo, quizás un poco colorado, pero nada más. Y así me llevé todo el santo día, con una comezón que por momentos me excitaba y por momentos me causaba inquietud. 

—Vanesa, ¿no notas nada abajo? —le pregunté por teléfono. 

—Lo noto como siempre, con ganas de más. 

Por la noche, antes de acostarme, lo volví a examinar: la piel había perdido su brillo natural y parecía acartonada. Qué inquietud. A ver qué se hace. Metí el pijote en el lavabo, le refregué jabón con el cepillo de dientes y le di tres aguas, como a las espinacas; luego le eché polvos de talco y me tomé un Loracepán. Aquella noche dormí bien, pero por la mañana estaba despellejado y herido, ensangrentado, y el pellejo parecía abrazarlo como si quisiera defenderlo de una amenaza exterior. Pero el enemigo estaba dentro, ten cuidado con los gérmenes, Rafaelín. Y picor, dolor, calor, temblor y más cosas negativas que terminan en «or», y todo, por hacer el amor. 

Se lo comenté a Frascuelo, el novillero que cafeteaba conmigo en el bar. 

—Ten cuidado con Vanesa, que es vegana —dijo. 

—Y eso… ¿qué quiere decir? 

—Que defiende a los bichitos. El año pasado repartió ladillas por varios pueblos. 

—Pero, lo mío… 

—Seguro que es una gonorrea. —Y se rio a carcajadas—. Desde luego que eres un caso. ¡Mira que tener el tomate en carne viva! 

—¡Pues y tú, que tienes una cicatriz en la mejilla! 

—Pero ha sido por una cogida. 

—Y lo mío, también. 

El médico no me atendió hasta las once. 

—Eso no es nada —con aire desenfadado rellenaba la receta—, también lo tuve yo de chavalote. —Y aquella frase era famosa en el pueblo, se la decía a todos los que pasaban por su consulta—. Échate esta pomada tres veces al día. 

Yo no entendía aquella letra, pero llego a la farmacia y me dan Nutracén, sesenta céntimos, y en la caja, la foto del culo de un bebé. A los dos días un mazacote de pellejo envolvía por completo al paciente; a base de mucho dolor lo pude retirar, dejando al descubierto un amasijo de pitracos. La puta pomada le sirvió al bichito de alimento. Como el pipí me escocía, tuve que mear a través del forro de un rotulador. Preocupación. Qué se hace. Otra vez al médico. 

—En urgencias no hay urólogo, y una cita te puede tardar un mes —dijo mientras escribía en un folio—. Corre con esto al hospital, pero tendrás que pelear en administración para que te vean. 

Y allí me planté de inmediato. Y que no, que sin cita no puede ser, y que no puedo más, que se me cae a cachos, y que vuelve a tu médico, y que no, que esto es para especialistas, que lo pone en el papel. Y la disputa que sube de tono, me bajo los pantalones, qué escándalo, llaman a seguridad, que mírelo cómo se pudre, y que llega el vigilante, gritos, agarrones… Pero, cuando ya me tiene inmovilizado, recuerdo las palabras mágicas que me enseñó mi madre: 

—Mi prima Natalia trabaja en el laboratorio de la quinta planta. 

Y de inmediato me sueltan, forman un corro, cuchichean, asienten con la cabeza y dicen: 

—Siéntate y espera, en un momento te llama el urólogo. 

Salvación. Menos mal. Pronuncian mi nombre. 

—Son hongos. Antibiótico y spray, tres veces al día. ¿Cómo los has cogido? 

—Me los ha pegado una vegana. 

—¿Una vegana? 

—Sí, una de esas que reparte estos bichitos.

 PROPUESTA 1

Donde habita el pueblo elegido 

Loren Montero 


Aquella mañana me desperté alterado. Aún no podía abrir los ojos, pero el instinto me incitó a picotear la bóveda del cascarón hasta romperla en mil pedazos. Nada más salir de aquella estructura ovalada y calcárea, pude sentir la calidez del vientre materno y el cariño que me profesaban mis hermanos de puesta. Mi padre, que me esperaba con una lombriz en el pico, dijo satisfecho: 

—Este es tu nido, construido con la corona de espinas de un crucificado. 

Como al día siguiente abrí los ojos, pasé un buen rato contemplando la belleza del cielo azul y el verdor de los árboles. Papá me enseñó a contar, esa fue mi primera lección. A medida que señalaba, uno por uno, a mis siete hermanos, me saludaban con el ala y recibían su porción de lombriz. Entonces agachaban el cuello y cerraban el pico para que comiera otro. También conté tres vecinos asomados al borde del nido: una paloma, una ardilla y un lechuzo. Los tres primeros días fueron felices. Al cuarto, en cuanto desperté, noté cierta inquietud, así que conté a mis hermanos; faltaba el mayor, y su lugar lo ocupaba un bulto gris, pellejudo y con cara de engreído que piaba sin tregua alargando el cuello por encima de nosotros. Mamá le metió una enorme lombriz en el pico, pero enseguida lo volvió a abrir reclamando más comida. El lechuzo dijo sonriendo: 

—El nuevo ya se está despabilando. Se ve que necesita su espacio. 

—Solo tiene siete plumas —añadió la ardilla—, pero parece que tiene seis picos. 

—Todos caben si se llevan bien y se ayudan entre ellos —contestó la paloma sin que se le cayera la ramita de olivo. 

Nosotros aceptamos aquella respuesta y alargamos el cuello con el pico abierto, pero al día siguiente, nada más despertarme, conté de nuevo a mis asustados hermanos. Faltaba otro. Mamá le negó el alimento toda la mañana, pero el bulto, vivaracho, se las ingeniaba para robarnos las lombrices. Para colmo, el lechuzo le trajo por la tarde un topo. Cada vez estaba más grueso y tenía más plumas. La noche de anteayer dormí mal. De madrugada me desvelé y asomé la cabeza fuera del vientre materno. Entonces lo vi, vi cómo aquel pajarraco, tras clavarle una espina al tercero de mis hermanos, lo tiraba por la borda del nido. Qué podía hacer yo, seguía siendo el más débil. El mundo ahora me parecía extraño e incierto. 

—Cada vez hay menos polluelos —dijo la ardilla por la mañana. 

—Es ley de vida —sentenció el lechuzo—. El mundo es así y hay que aceptarlo. 

—Si son menos, se alimentan mejor y crecen más fuertes y sanos —añadió la paloma. 

Esa tarde se formó una trapatiesta. Cuando nuestros padres volaron en busca de comida, dos de mis hermanos, los más fortachones, le picotearon al pajarraco la cabeza. Papá lo expulsó del nido tras pedir explicaciones, pero no le hizo caso y empezó a lloriquear. Mamá se apiadó y le trajo una musaraña. La ardilla dijo entonces:

 —Está claro lo que está pasando, debemos actuar. 

El lechuzo exclamó con un gesto amenazador: 

—¡Y qué quieres que hagamos! Es un comportamiento natural de su especie. 

—Tengamos la fiesta en paz —concluyó la paloma. 

Ayer conté otra vez a mis hermanos. Faltaban los dos fortachones. Papá, enojado, quiso clavarle una espina al pajarraco, pero el lechuzo se la arrebató. Después bajó hasta el suelo y le trajo un ratón de gran tamaño. La ardilla, bastante desanimada, dijo: 

—Otros dos polluelos menos. 

—Ya se está pasando —añadió la paloma. 

—De eso nada. Tiene derecho a defenderse —justificó el lechuzo. 

Y se hizo el silencio. Esta mañana me desperté sobresaltado. Solo queda frente a mí ese pajarraco excitado y egoísta que me mira con desprecio mientras se come la enorme lombriz que le ha traído mi padre. ¡Con qué tristeza he aprendido mi segunda lección! Aún soy volantón, pero, si quiero salvar mi vida y organizar la resistencia, tendré que tirarme del nido. Ahora pertenece al pueblo elegido. Solo llevo una semana con los ojos abiertos, pero el mundo ya no me parece tan bello; el cielo esta gris, y un fuerte viento agita las hojas de los árboles. 


*Más referencias a Palestina 

Papá Los árabes 

Mamá ONU 

Ardilla Izquierda 

Lechuzo EEUU 

La paloma Paz 

Lo políticamente correcto, la Iglesia

 PROPUESTA 2

“La Mano negra del Apostol”

Antonio Jesús Jiménez

Por fin estábamos allí, tras nueve horas de carretera, O Cebreiro, camino francés de Santiago, mi primer camino. Me acompañaba mi gran amigo José Manuel, por delante 150kms hasta Santiago. La ilusión era desbordante. El pueblo parecía sacado del Medievo, situado en lo alto de una colina, con una vieja iglesia románica en la que desembocaba su calle principal, repleta de viejas casas gallegas de piedra y con ese halo celta en su atmósfera. Estaba comenzando a anochecer, y el cielo estaba neblinado y con llovizna, dándole aún un aire más misterioso. Tras dejar las cosas en el albergue, y haciendo honor a nuestra esencia andaluza, acostarse temprano para estar como un reloj, eso en Alemania, pero no en Andalucía. Esa noche jugaba España, y nos metimos en una especie de antigua bodega de paredes de piedras, pequeña y acogedora. Disponía de una gran pantalla, y el fútbol acababa de comenzar, llegaron las dos primeras birras. Pudimos conversar con otros caminantes que venían de más lejos, gentes ya hecha por los caminos, de frondosas barbas y caras cansadas. El partido acabó a la 13:30h, y también dimos cuenta de cuatro birras cada uno, entonces miramos el reloj.

Había que irse a dormir, mañana tendríamos una etapa dura, treinta y dos kms. La habitación que habíamos conseguido, estaba en el primer piso de una casa antigua, era muy pequeña, con dos pequeñas camas. Solo disponía de una mesita de noche, donde pusimos las cosas de valor y el agua, y una pequeña ventana desde la que se podía casi tentar el techo de tejas. Las cervezas empezaban a hacer efecto y los ojos tendían a cerrarse. José Manuel se volvió hacia la pared para dormir, yo me quedé mirando al techo un ratillo, pensando en mis cosas. No sé si por intuición, pero giré la cabeza hacia la ventanita, y lo que vi me sobresaltó de una forma increíble, era una mano tanteando la mesita de noche. Tardé en reaccionar unos segundos, aquello parecía surrealista, luego escuché a José volverse y comenzar a gritar, con la botella de litro y medio de agua a modo de arma:

—¡Ven para acá hijoputa, te mato! —exclamó José a grito pelado, batallando entre el coraje y el miedo.

—¡Me cago en tus muertos cabrón¡—grité también yo entre una gran sorpresa y confusión incorporándome de la cama de un salto.

Rápidamente bajamos hasta la calle en calzoncillos y una sudadera por arriba, le dimos la vuelta a la casa profiriendo insultos y buscando al misterioso intruso. No había nadie por la calle y el pueblo estaba cubierto por una neblina espesa. Deambulando llegamos a la iglesia guiados por el enfado y el miedo, e injuriando a gritos. Nada, ni un solo ruido, O cebreiro dormitaba en calma. Tras recuperar un poco de cordura, desistimos y volvimos a la habitación, comprobamos nuestras cosas, algunas habían caído al suelo, pero no había conseguido llevarse nada. Cerramos la ventana y el pestillo mientras hablábamos de lo sucedido. Esas escasas cinco horas de sueño dormimos como pudimos.

A las seis sonó el reloj, nos calzamos las botas, la mochila nos miraba esperando, y la ilusión comenzó a aparecer de nuevo. Necesitábamos un café y entramos en un pequeño bar situado casi a la salida del pueblo. En la barra, una mujer gallega de pura cepa, con mangas remangadas y resuelta, de unos cuarenta años, muy estresada ya a esas horas. Nos dejamos caer en los taburetes medio dormidos aún, cuando una voz nos espabiló de repente:

—¡A ver carallo, qué vais a tomar andaluces, que no tengo todo el día, venga hombre que ya vais tardando!.—Lo soltó con la fuerza de un huracán, aquella gallega era puro nervio, con esa frase ya mínimo teníamos los dos primeros kilómetros hechos. Junto a nosotros estaba sentado el mismo fraile que nos dio la credencial en la iglesia cuando llegamos, vestía de calle:

—Bueno días, primer camino, os recuerdo, vosotros sois los andaluces del hostal San Pedro, si os dí ayer la credencial.—

—Buenos días, sí hoy comenzamos, vamos hasta Sarria, ya con muchas ganas— le respondió Jose Manuel.

—Bueno pues “Buen camino tengan”, he de marcharme — ,concluyó mientras abandonaba el bar.

Nosotros nos colgamos las mochilas y emprendimos marcha. Localizamos la primera flecha amarilla, a la salida de O Cebreiro. Amanecía entre rocío de la mañana y la fragancia de los verdes prados, alrededor silencio y naturaleza. En la lejanía  se abría un precioso valle, nos quedamos por un momento divisando con la mirada aquel pequeño paraíso, bosques,pequeños pueblos salpicados, el cauce de un pequeño río, por donde corría agua clara y fresca, vacas pastando tranquilamente. Algunos peregrinos nos adelantaban y nos deseaban buen camino. Respiramos hondo aquel olor de la mañana, sabiendo que  el alma  se iría llenando con cada paso dado en aquel paraíso. Andamos en silencio durante un par de horas, pero mi cabeza no dejaba de rondar una extraña y escalofriante idea y frené en seco:

— ¡Jose para, para un momento¡, mira la credencial, en ningún apartado aparece el nombre del hostal San Pedro, aún no nos habíamos hospedado y queda lejos de la Iglesia…


“EL TESORO DE “LOS GOONIES” ESTABA EN CHIPIONA”

La noche olía a mar, una preciosa luna iluminaba el cielo de Chipiona. Como cada agosto, fieles a nuestra cita, allí estábamos en familia  un año más. Nos encantaba disfrutar de todo lo que nos ofrecía aquel pueblo marinero. A mis padres les encantaba pararse en sus bodeguitas, con suelo de albero, y tomar unas copitas de moscatel y unas raciones de adobo y puntillitas en familia. Tantas cosas… los paseos por la siempre animada calle sierpes, el castillito, unos churros con chocolate  junto al mercado de abastos,…. A mis hermanos y a mí nos encantaba también levantarnos temprano, coger cubos y redes, y acompañar a mi padre a ver si cogíamos cangrejos entre las piedras de la playa. O ese vasito de camarones  al atardecer junto al castillito. Nos emocionaba pasar por la plaza de los Ponis, donde por 50 pesetas te dabas una vuelta en aquellos pequeños caballitos. Pero ese año además venía mi abuelo, mi abuelo “burra”, y eso nos colmaba de una gran alegría.

Mi abuelo “Burra”, el mote era real, pues vivíamos junto a su casa, en donde en un pequeño establo tenía una burra,  que usaba para labrar la tierra y sembrar. Mi abuelo era una persona  buena, lleno de bondad y buenos sentimientos. A pesar de haber sufrido una vida durísima, guerra, hambre, penurias, trabajos de sol a sol,  era como el metal noble golpeado mil veces en la fragua, caldeado por las altas temperaturas, pero de alma inquebrantable y grande.

Aquella tarde-noche de martes fue muy especial. Mi abuelo nos cogió de la mano y le dijo a mi padre que nos quería llevar al cine de verano. Mis hermanos y yo nos sentimos llenos de ilusión ante la propuesta pues nunca habíamos ido al cine. Estábamos colorados y reventados, pero sentíamos un hermoso aire de libertad, sencillez e inocencia. Nos compró paquetes de palomitas, pipas, además de palotes y gomitas. Después, como pudo, pues para él era algo nuevo, nos llevó a las taquillas, y compró las entradas. Sobre la pared colgaban varios carteles de películas. Preguntando pudo saber que a las 20.30h había una sesión de "Los Goonies". Recuerdo que mis hermanos y yo estábamos fascinados, nuestra primera vez en el cine, una película de aventuras, con nuestro abuelo, que más podíamos pedir. No veíamos la forma de que llegara la hora  y nos dejaran pasar, y nerviosos perdidos casi matamos a preguntas a mi abuelo. Por fin pudimos entrar, era enorme, casi como un campo de futbol. Al fondo estaba situada la enorme pantalla. Las sillas eran de madera sencilla y en las paredes colgaban carteles de otras películas. Nos sentamos en mitad de la sala. Pronto comenzó la proyección, el entusiasmo nos desbordaba, un peli de aventuras, de tesoros piratas, de peripecias. Nos cautivó desde el primer momento, sobre todo al ver a los protagonistas, niños como nosotros, que iban en bici, como las que  usábamos para ir también de aventuras por nuestro pueblo, soñando con encontrar mapas de tesoros escondidos en algún lugar salvaje, dejando volar la imaginación. Siempre recordaré aquellos momentos tan mágicos con mi abuelo y hermanos, bajo aquel techo de estrellas y luna, y el olor a mar impregnándolo todo. Nos dejamos envolver totalmente  por “Los Goonies”.

Han pasado muchos años desde aquel día, y ahora sonrío pensando qué sentiría aquel viejo hombre de campo, de mil batallas, penurias y sacrificios, que poco o nada había disfrutado en su vida,  al ver a sus tres nietecillos entusiasmados con las aventuras de “Los Goonies”, con sólo escuchar nuestros comentarios llenos de emoción: “¡mira abuelo, has visto el barco Pirata¡, ¡mira que invento del niño chinito¡,  ¡abuelo mira ese hombre malo con un solo ojo, qué miedo¡,¿ por qué lo han amarrado?” Sonrío e imagino su mirada brillante, aguantando para que no se le saltasen las lágrimas. Sonrío y pienso que quizás el gran pirata Willy el Tuerto sin saberlo dejó el mejor de sus tesoros en aquel precioso pueblo marinero de Cádiz, uno tan increíble y hermoso que no cabría ni tan siquiera en su más grandioso galeón pirata.


miércoles, 7 de febrero de 2024

 PROPUESTA SEMANA 2

 

LA ÚLTIMA GARRAPATADA

 J.F.R

 

 

"¡Últimas noticias! Atención, oyentes, se ha producido un fatal accidente en el vecino pueblo de Albaida. Al parecer, un hombre de unos cuarenta años se ha precipitado al vacío desde la ventana de su piso ubicado en una cuarta planta del numero cuatro de la calle de la Iglesia, muy cerca de la Torre Mocha. Este señor estaba tendiendo y se estiró demasiado al intentar colgar unos calzoncillos con tan mala suerte que se le fue medio cuerpo. ÉL no quería es evidente, pero al verse con la mitad de su cuerpo en el aire, el otro medio voló en su rescate y ambas mitades se vieron abocadas a un trágico desenlace. A la mitad del descenso, unas enaguas color carne de la vecina del segundo, le sirvieron de improvisado paracaídas amortiguando así la bajada. A pesar de eso, y tras unas volteretas enredado en los cables de otro tendedero, el cuerpo de este señor siguió su camino hasta el suelo quedando su mascota enganchada en un sostén. Dio con sus huesos en uno de los toldos de un supermercado y tras un par de piruetas cayó al cemento, no pudiendo ser atajado en un primer momento por un chico que pasaba por allí. El señor, con pronóstico reservado, se debate en estos momentos entre seguir con su vida al servicio del palaustre o dedicarse a su recién descubierta pasión, el circo. El chico tiene casualmente unas pruebas de portero el próximo fin de semana. Hasta el lugar de los hechos se han desplazado diversas dotaciones de medios sanitarios, bomberos y dos representantes del Real Betis Balompié".

Con esta noticia comenzaba el último programa en radio Olivares, de unos chavales de diecisiete años que a principios de los años noventa entretenían a un pueblo ávido de animados contenidos. Llevábamos más de un año en antena y aunque no teníamos datos de audiencia, sí que sentíamos, por las llamadas que recibíamos, que nuestro programa estaba calando en el público. Pero esta noticia hizo tambalear los cimientos de "La última garrapatada", que así se llamaba nuestro espacio. Sucedió todo muy rápido, nada más terminar de dar la exclusiva, comenzamos a recibir llamadas, unas más suaves y otras tachándonos de tarados y advirtiéndonos de que iban a tomar medidas contra nosotros. Ese fue el caso de una señora, que nos interpelaba fuera de sí en los siguientes términos.

- Pero, ¿es que se habéis vuelto locos ? ¿A ustedes os parece que todo vale?

- Cálmese señora ¿Qué es lo que pasa?

- Como que me calme, qué va a pasar. La noticia esa que habéis dado.

-  ¿Qué ocurre?

-  Qué va a ocurrir, que no se puede consentir lo que estáis haciendo, que no se pueden gastar esas bromas. Que yo vivo en esa dirección.

- ¿Qué dirección? Ah vale, la que hemos dado en la noticia. No me diga que vive usted en —consulté mis papeles— la calle de la iglesia…

- Numero cuatro —me cortó ella—. Exacto ahí vivimos mi marido y yo.

- Pero no vivirá usted en un cuarto piso ¿no señora?

- Dejarse de tonterías. Esas cosas no se pueden hacer. Voy a denunciaros, no se puede jugar con la gente así. Y además, decir que era mi marido el que estaba tendiendo. Hombre por favor, hasta ahí podíamos llegar, eso sí que no lo voy a consentir. Os voy a denunciar ahora mismo.

Nosotros por entonces éramos unos honrados imberbes casi sin calar. Enseguida nos vimos imbuidos en aquella tormenta de odio y repulsa que se formó en un pis pas, asunto éste que nos sobrepasaba y no sabíamos cómo afrontar. Los directores de la radio se acercaron hasta el estudio para tranquilizarnos y aconsejarnos que aclaráramos lo sucedido por antena. Fue entonces cuando dimos la noticia que cerraría para siempre el programa.

"Queridos oyentes, a raíz de las últimas llamadas recibidas en relación con el accidente ocurrido en Albaida, queríamos aclarar que el señor se encuentra en perfecto estado y que no era él el que estaba tendiendo, sino su señora, que también se encuentra bien. El caballero, siempre según nuestras informaciones, lo que estaba haciendo era planchar. Buenas tardes y gracias por escucharnos".

 


 

lunes, 5 de febrero de 2024

 Propuesta semana 2


Una foto, un vestido con delfines azules y un chino en el zapato

Beatriz Vélez García

 

 

Desplumando la librería de mis padres se ha caído al suelo una fotografía antigua. Mi cintura se ha resentido al agacharme a recogerla, pero el esfuerzo titánico ha merecido la pena.

El momento en el que se tomó la imagen lo tengo grabado a fuego. La protagonista soy yo con tres o quizá cuatro años. Los rizos a lo loco recogidos en una cola medio deshecha; un semblante serio, con la boca y el ceño fruncidos; sin mirar a la cámara, dirigiendo la vista con indiferencia hacia la derecha; el vestido blanco con delfines azules, el único que ha cosido mi madre en su vida y que puede que estuviera estrenando ese día; y de fondo, árboles verdes y chorros de agua de una fuente.

Puedo sentir el calorcito del sol de primavera en la cara. Habíamos ido al parque como cada sábado, pero, contra todo pronóstico, no íbamos solos papá y yo sino que nos acompañaba mamá. Puede que fuera por eso por lo que llevábamos la cámara de fotos, porque papá no carga con chismes por voluntad propia.

Ya habíamos visto el Cocherito Lerén en la Plaza de España y le habíamos dado los gusanitos a los patos, tirado el pan duro a la papelera y yo me había comido los altramuces que mi padre compraba en un carro de hierro verde que vendía chucherías y los chochos en vasitos llenos de agua salada. Ya sólo quedaba volver paseando hasta la otra punta del parte y poner rumbo a casa.

No sé qué musa inspiró a mi padre en mitad del paseo ni qué diablillo quiso jugar conmigo, pero casi a la vez que yo anunciaba la incómoda presencia de un chino en mi zapato, mi padre tuvo la feliz idea de hacerme una foto.

En otro momento de mi vida es posible que me hubiera quitado corriendo el zapato, lo habría golpeado en el suelo para que saliera la piedra malaje y eso habría sido todo. Pero en ese momento, mis pies lucían unas robustas a la par que elegantes botitas ortopédicas, tan feas como difíciles de abrochar para una niña de mi edad, así que antes de desplegar mis dotes de modelo de revista, pedí que me sacaran la piedra, que pinchaba y que a pie quieto se clavaba más.

Mi padre me dijo que me esperara a que echara la foto, que solo iba a ser un momento. Y era verdad que sería sólo un momento, porque el aprendiz de Daguerre que tengo por progenitor se limitaba a apretar el botón sin mucha ciencia más, pero a esa edad la paciencia no era mi mayor virtud, tampoco lo era la prudencia.

Una ciclogénesis explosiva se formó sobre nuestras cabezas en un ir y venir de “estáte quieta” y “sácame la piedra primero” mientras mi madre, en silencio y con la cara desencajada, miraba a dos cabezones en acción como quien ve un partido de tenis.

Fueron diez minutos de reloj, o tal vez quince, con este ir y venir. Ha habido negociaciones colectivas de mineros del carbón con menos tensión que en aquellos minutos que a mi madre se le hicieron eternos. Diez minutos que se zanjaron con mi padre colocándome a la fuerza delante de la fuente; yo girando la cabeza con dignidad; y mamá tapándose la cara con la mano antes de reaccionar, quitarme el zapato y sacudirlo.

Diez minutos, una foto y toda la vida discutiendo porque mi padre sigue diciendo que no había piedra, y yo me mantengo como Don Mendo.


viernes, 2 de febrero de 2024

 PROPUESTA SEMANA 2

REPRODUCCIÓN ROJA DIVISIÓN AZUL

Juan Francisco Reyes González

La alcoba donde se hallaban reunidos de forma improvisada parecía la sala de juntas de una gran empresa, y no por las formas, sino por el tema que iban a tratar. Se miraron los tres en silencio.  El padre caminaba de una esquina a otra, se quitaba la mascota y chasqueaba la lengua, la madre se envolvía las manos en el delantal con la cabeza gacha cuando soltó.

- Francisco, hijo mio, hemos hablado con el cuñado de la Juani, trabaja en el cuartel del Duque, es sargento o no se qué, escucha bien, te va a adoptar tita Amparito, mi hermana, de todas formas, desde que mataron a tu tío, vives más tiempo con ella que con nosotros

- ¿ Qué dices mamá?

- Calla, es solo papeleo. Vivirás con ella, estás a dos pasos de nosotros. Si te pasas allí la mayoría del día. Así no te llamarán de ningún sitio. Como es viuda y no tiene más hijos...tita te quiere mucho.

- No entiendo

- Que no podrán llamar del ejercito ni para ir a otra maldita guerra.

- No llores mamá.

Francisco andaba enfrascado en el campo sembrando melones y acelgas, el sol apretaba desde bien temprano y aunque era joven, acababa de cumplir veintidós años, sus doloridos riñones le estaban pidiendo un descanso. En esas estaba cuando  escuchó a lo lejos la voz de su hermano mayor que lo llamaba a voz en grito.

- Cocoooo Cocoooo tenemos que irnos.

Francisco se apoyó en su azadón para descansar y escuchar lo que decía su hermano que se acercaba a paso ligero.

- Mamá quiere decirte algo. Recoge que nos vamos, le dijo su hermano cuando lo tuvo enfrente.

Ya en su casa Francisco se percató de la cara de preocupación de su madre y del nerviosismo de su padre que encendía un cigarro tras otro. Qué es lo que está pasando, se preguntaba.

- Han dicho por la radio, que seguramente la semana que viene te tendrás que reincorporar al ejercito.

- Ya estuve en el frente mamá, dos años. Estoy vivo de milagro.

- Lo sé, pero no quedan hombres. ¿Qué quieres que te diga?. Entra a la alcoba que tenemos que decirte algo tu padre y yo.

 

- No puedo creer que me pidas ahora eso mamá, después de lo que hice hace unos meses.

-Solo te estoy pidiendo que te cases, no es tan raro.

- Que me case, solo eso, como si fuera tan fácil. Francisco tragó saliva y comenzó a dar vueltas por la habitación. Primero lo de la tita y ahora que me case.

- No seas injusto, fue por tu bien, por nuestro bien. Aún no están listos los papeles de tu adopción. Ahora se trata de librar a tu hermano Joaquín, si no se lo llevan. Al maldito ejercito otra vez y al frente…..Ese hombre está ayudando a los locos esos que se quieren hacer con el mundo.

- Lo entiendo mamá, pero ya sabes que yo no puedo. ¿Qué va a decir mi Fernando? ¿Qué va a ser de lo nuestro?

- No existe lo vuestro, basta ya. No lo vuelvas a repetir.

- Pero mamá si me dijiste que…

- Ni te dije ni te digo, lo que no puede ser no puede ser hijo mio. No sabes que te pueden meter en la cárcel por andar por ahí con un hombre. Te casas y punto. La más pequeña de la Gumersinda está casadera, es buena chica, un poco tonta pero buena mujer. Así arreglamos dos casas.

Dos años y dos meses después de terminar la guerra civil española, el 24 de junio de 1941 el ministro de Asuntos Exteriores español, Ramón Serrano Suñer, anunció que España participaría al lado del Ejército alemán, para luchar contra el comunismo en la segunda guerra mundial. Cientos, miles de familias quedaron fragmentadas, las heridas jamás se cerrarían. A Francisco, a Fernando, a la hija de la Gumersinda y a tanta gente, se le esfumaron sus sueños. Al terminar la guerra Francisco juró que no volvería a empuñar un arma, promesa que incumplió el 1 de Abril de 1999, ese día acabó con la vida de su mujer y con la suya propia, nadie diría que hacía sesenta años que la guerra había terminado.

 


 PROPUESTA SEMANA 2

Cuatro palabras

Marta Sánchez Mora

- ¿Cómo está tu hija, preciosa? - Maricarmen, en ese momento, y con esas cuatro palabras emitidas por una voz socarrona y mirada agresiva, le provocaron heridas como puñales. Antonio Cosme, con un permiso penitenciario de tres días, había considerado que sería una preciosa idea pararse un momentito con el coche y saludar a la mujer que parió a esa niña de 13 años que violó aquella noche del 98 en Benejúzar, Alicante.

Petrificada en la marquesina de la parada del autobús, movió levemente las manos para abrir el monedero y sacar una foto de Verónica, una niña, su niña; una foto de cuando era muy pequeñita, de cuando aún era capaz de sonreír, de cuando el mundo era maravilloso y no le desgarraba el alma. En ese momento recordó que Cosme juró que cuando saliera de la carcél iría a por Virginia y que la mataría. Mirando fijamente la fotografía, le dio un beso, se persignó, guardó la imagen con sumo cuidado y elevó su cuerpo inerte con decisión hasta la gasolinera de la esquina. Una vez comprados todos los materiales necesarios para la tarea que su mente le había encomendado, se dirigió a la Avenida Rey Juan Carlos I, al bar Mari, para responder a cuatro palabras.

La puerta del bar rechinó al abrir y todos se giraron. Cosme, miró fijamente a Maricarmen y se fijó en que ella iba abriendo con rapidez el tapón de una botella. Mientras él soltaba improperios y la clientela y el dueño del bar más se alteraban, ella le iba rociando de gasolina todo el cuerpo con tranquilidad y precisión. El silencio se hizo cuando encendió la cerilla.

- Mi hija bien, gracias. - dijo Maricarmen, justo antes de lanzar la cerilla encendida en el cuerpo embadurnado de gasolina de Cosme.

- De esta no te vas a olvidar- pensaba, mientras el dueño corría a por el extintor, cosa que ayudó bastante a facilitar la muerte del sujeto, dado que sus heridas se infectaron a causa del líquido matafuegos y falleció a los pocos días.

Maricarmen, con una paz irreconocible, salió del bar, se marchó caminando lentamente y con determinación hasta la comisaría más cercana y cuando le preguntaron qué sucedía, respondió:

- Acabo de matar al violador de mi hija.

 Y aquel día, pese a cambiar de vida y de bando, María del Carmen, pudo ser libre. Entre rejas.

 


PROPUESTA 5  Incorregible  Jesús Ruiz Aún no sé por qué escribo esto, quizás sea por el vicio que tengo de la escritura, que pronto acabará....