PROPUESTA SEMANA 1
Trabajos caseros – Primera vez
Jesús Ruiz
Desde pequeño, me gustaron los
arreglos de bricolaje, sobre todo los de electricidad y fontanería. En casa siempre recurrían a mí para ellos,
los llevaba a cabo con resultado satisfactorio, tanto, que mi fama trascendió
el ámbito doméstico.
Una tarde, llamó una vecina a la
puerta, pidió permiso a mi madre para que acudiera a arreglarle un grifo que
goteaba, y que su marido no podía hacerlo al estar de viaje con su camión por Europa.
Entré con mi maletín de herramientas
y me ofreció tomar algo. Le acepté un café. Mientras lo preparaba, me dirigí al
cuarto de baño, donde aprecié que la avería era tan solo una tuerca en el
desagüe del lavabo, que se había aflojado y goteaba. Con la llave inglesa la
apreté hasta que dejó de echar agua.
Cuando volví al salón, tenía
preparada una bandeja con un café y un donut. Me senté en el sofá, y me dispuse
a tomarlo. Ella entró al baño. Mientras tanto, hojeé unas revistas alemanas que
tenía en la mesita, me sorprendí al ver un alto contenido erótico. No pude resistirme,
con quince años no tenía mucha ocasión de verlas, eran otros tiempos. Miraba de
reojo por si venía mi vecina.
Salió del baño envuelta en un
albornoz blanco, sonriendo al pillarme in fraganti.
—¿Te gustan las revistas?
—¿Eh?
—fue lo único que acerté a decir.
—No hace falta que las mires, me
tienes a mí —dijo mientras dejaba caer el albornoz.
Mostró toda su anatomía, resaltando
el vello donde la naturaleza lo había colocado. Me puse nervioso, nunca había visto
a una mujer desnuda, además mayor, diez años más que yo, que solo tenía quince.
—No te pongas nervioso —dijo mirándome
a los ojos—, no voy a hacer nada que tú no quieras.
—No estoy nervioso —le dije.
—Hoy vas a hacer algo que te va a
gustar —susurró.
Puso su mano sobre mi pantalón, donde
mi cuerpo comenzaba a reaccionar, masajeando, hasta que aflojó el cinturón y
pudo acceder sin obstáculos. Me llevó de la mano a la cama, me desnudó besando
mi cuerpo, y me impartió una lección magistral. Para mí, todo aquello era
nuevo, había soñado algo así mucho tiempo, pero lo imaginaba de otra forma, no
esperaba tenerlo tan fácil. Se prolongó nuestro contacto durante dos horas,
teníamos mucho amor que dar, y ella lo añoraba demasiadas semanas al año.
Decidí volver a casa, por si mi madre
consideraba mi tardanza, pudiera intranquilizarse y llamar a la puerta. Me aseé,
lavándome bien la cara.
Mi trabajo le gustó, y volvió a
llamarme en más ocasiones, a lo largo de dos años, para desatascarle una
cañería, para quitarle unas telarañas, para montarle un enchufe, para mil cosas
que su marido no podía hacer al estar ausente, ya que solo pasaba una semana al
mes con ella.
Nuestros encuentros finalizaron un
día que estaba regando su maceta favorita, llamaron al teléfono para
comunicarle que su marido había tenido un accidente en Bélgica, y tuvo que
desplazarse a ese país. Tras la repatriación, debió permanecer seis meses entre
el hospital y su casa. En ese tiempo comencé a salir con una chica, y dejé de
hacer chapuzas a domicilio, aunque aprendí mucho sobre los trabajos caseros
para el resto de mi vida.