miércoles, 21 de febrero de 2024

 PROPUESTA 3

“ERUDICCIÓN VITAL”

Antonio Jiménez Polvillo

El padre de Luis corrió hacia la puerta de salida por el viejo callejón de la casa, pero se la encontró cerrada, estaba totalmente acorralado por su sobrino Sergio, que fuera de sí y con la mirada desbocada, lo amenazaba con un enorme cuchillo de cocina en la mano gritándole que lo iba a matar.

—¡Usted no comprende nada, absolutamente nada! —concluyó con determinación Luis mientras se dirigía a Alfredo con mirada amenazante—, ni sabe lo que es la empatía, por eso estoy aquí, y desde ahora hablaré yo.  Su problema es que cree que lo sabe todo de la vida, y que con sus extensos estudios y títulos puede conseguirlo todo.

 Alfredo permanecía en un rincón de su estudio, con la cara descompuesta y blanca, el cuerpo rígido y paralizado por el miedo, apenas le salía la voz  y su respiración estaba desbocada

—Tranquili..traquilo Luis, por Dios tranquilí… —balbuceó Alfredo con la voz impregnada en pánico.

—¡Cállese y escuche, ahora solo hablo yo! —le cortó con vehemencia Luis—. Ese día no fue el único, hubieron muchos más, durante años y de distintas formas desde que lo acogieron mis padres. Pude escuchar los lamentos, injurias de mi primo Sergio a pesar de taparme con la almohada, me sentía cansado, asqueado, superado por  un inmenso dolor, volteado por una avalancha de sentimientos contrapuestos  mezclados con un taimado sentimiento de culpa. Una aborágine de confusión que  golpeaba mi alma sumiéndola en una gran oscuridad. Cuando gritaba  a mi madre, sentía un profundo odio, quería salir, enfrentarme a él, matarlo; si le daba una patada a la puerta una vez más, un hartazgo enorme, aquello no tenía fin; pero por otra parte cuando Sergio rompía a llorar desesperado por su situación, me imnundaba una enorme tristeza y conmoción, cómo podía ayudarlo, qué gran impotencia, mirando al cielo y dirigiéndome a Dios me preguntaba  por qué mientras lloraba desconsoladamente. Eso no viene en ninguna de sus famosas publicaciones, usted no entiende nada, absolutamente nada.

Decidí salir de mi habitación a cenar, me sentía inquieto, muy intranquilo, Sergio seguía con su retajila andando de un lado a otro de la casa, y muy tenso, maldiciendo la vida, culpando a mis padres, a todos. Me dispuse a cenar, coloqué el plato y los cubiertos rápidamente, me senté, mis pies de puntilla al suelo y las piernas en tensión. Pero usted nunca lo podrá entender, no tiene conciencia. Comencé a comer engullendo casi sin masticar aquel plato de espaguetis. Sergio y mis padres también se sentaron a cenar, bajo un silencio tenso que lo envolvía todo y que se hacía eterno. Entonces, en el momento menos esperado, un enorme golpe que te vuelve el corazón del revés, un puñetazo sobre la mesa hizo saltar los platos, que cayeron al suelo rompiéndose en mil pedazos,  “¡estoy harto de todo!” gritó fuertemente, y cogió un cuchillo de cocina. Como pudimos salimos cada uno en una dirección. Sergio salió detrás de padre que intentaba escapar por el callejón. Pero eso nunca ni tan siquiera lo podrá imaginar. Yo estaba aterrorizado, pero también con la ira rebozándome por cada poro de la piel. Un impulso primitivo me hizo coger una de las sillas de forma salvaje y dirigirme hacia el callejón sediento de sangre. Mi madre lloraba y gritaba desesperada de dolor. Solo atiné a decir “ven aquí que te mato cabrón”. Sí, eso dije, tal cual, que más da que esté bien o mal, ¿qué es el bien o el mal según usted?, ¿no lo sabe malnacido?, ¿acaso no quiere saberlo?, ¿cree que me siento culpable?, pues no, pero eso nunca lo entederá, nunca. Sergio dirigió su cólera hacia mi y me envistió con todas sus fuerzas, pero el sillazo le golpeó fuertemente los brazos y el cuchillo cayó al suelo. Luego seguimos golpeándonos durante unos minutos, hasta que jadeantes y extenuados nos separamos. Él se derrumbó sobre una silla llorando amargamente, con toda su alma al aire, con la inocencia de un niño, y poco a poco recuperamos algo de cordura. Esa noche mis padres cerraron el pestillo de su habitación , yo tuve que dormir bajo tensión, pues dormía en mi habitación. Pero eso no podría nunca comprenderlo, nunca,¿ o es que acaso lo ha leído en alguno de sus eruditos y sabios libros, de los que dispone de más de 1000 en este estudio?.

—Por favor Luis, ba, ba, baja ese cuchillo,  te, te lo suplico. —

—¡Callése, cállese le digo¡ —amenazó  Luis mientras avanzaba con determinación hacia Alfredo con el cuchillo levantado—. Alfredo entonces encogió  todo su cuerpo y puso sus brazos a modo de patalla, suplicando por favor que no le hiciera nada.

—¡Fue usted el que se saltó aquel  puto semáforo ebrio y con su coche provocó la muerte de mis tíos. Usted prestigioso Doctor en Psiquiatría, el mismo que con sus amigos jueces influyentes salió indemne de aquel juicio amañado desde el principio, destrozando nuestras vidas para siempre, maldito bastardo.—

Entonces Luis, con el cuchillo rozando ya el cuello de Alfredo, se giró bruscamente hacia la mesa escritorio,sacó una receta en blanco y  la clavó con todas sus fuerzas  sobre la madera de la mesa escritorio

—Ahora sí Doctor,  recétese aquí su propia medicación malnacido, ahora sí que lo comprende…



VERSIÓN CORREGIDA


ERUDICCIÓN VITAL

 

 

—¡Usted no comprende nada, absolutamente nada! —concluyó con determinación Luis mientras se dirigía a Alfredo con mirada amenazante—, ni sabe lo que es la empatía, por eso estoy aquí, y desde ahora hablaré yo.  Su problema es que cree que lo sabe todo de la vida, y que con sus extensos estudios y títulos puede conseguirlo todo.

 Alfredo permanecía en un rincón de su estudio, con la cara descompuesta y blanca, el cuerpo rígido y paralizado por el miedo, apenas le salía la voz y su respiración estaba desbocada

—Tranquilízate Luis, por Dios, tranquilo —balbuceó Alfredo con la voz impregnada en pánico.

—¡Cállese y escuche, ahora solo hablo yo! —le cortó con vehemencia Luis—. Ese día no fue el único, hubo muchos más, durante años y de distintas formas desde que lo acogieron mis padres. Pude escuchar los lamentos, injurias de mi primo Sergio a pesar de taparme con la almohada, me sentía cansado, asqueado, superado por un inmenso dolor, volteado por una avalancha de sentimientos contrapuestos mezclados con un taimado sentimiento de culpa. Una vorágine de confusión que golpeaba mi alma sumiéndola en una gran oscuridad. Cuando gritaba a mi madre, sentía un profundo odio, quería salir, enfrentarme a él, matarlo; si le daba una patada a la puerta una vez más, un hartazgo enorme, aquello no tenía fin; pero por otra parte cuando Sergio rompía a llorar desesperado por su situación, me inundaba una enorme tristeza y conmoción, cómo podía ayudarlo, qué gran impotencia, mirando al cielo y dirigiéndome a Dios me preguntaba por qué mientras lloraba desconsoladamente. Eso no viene en ninguna de sus famosas publicaciones, usted no entiende nada, absolutamente nada.

»Decidí salir de mi habitación a cenar, me sentía inquieto, muy intranquilo, Sergio seguía con su retahíla andando de un lado a otro de la casa, y muy tenso, maldiciendo la vida, culpando a mis padres, a todos. Me dispuse a cenar, coloqué el plato y los cubiertos rápidamente, me senté, mis pies de puntilla al suelo y las piernas en tensión. Pero usted nunca lo podrá entender, no tiene conciencia. Comencé a comer engullendo casi sin masticar aquel plato de espaguetis. Sergio y mis padres también se sentaron a cenar, bajo un silencio tenso que lo envolvía todo y que se hacía eterno. Entonces, en el momento menos esperado, un enorme golpe que te vuelve el corazón del revés, un puñetazo sobre la mesa hizo saltar los platos, que cayeron al suelo rompiéndose en mil pedazos, “¡estoy harto de todo!” gritó fuertemente, y cogió un cuchillo de cocina. Como pudimos salimos cada uno en una dirección. Sergio salió detrás de padre que intentaba escapar por el callejón. Pero eso nunca ni tan siquiera lo podrá imaginar. Yo estaba aterrorizado, pero también con la ira rebosándome por cada poro de la piel. Un impulso primitivo me hizo coger una de las sillas de forma salvaje y dirigirme hacia el callejón sediento de sangre. Mi madre lloraba y gritaba desesperada de dolor. Solo atiné a decir “ven aquí que te mato cabrón”. Sí, eso dije, tal cual, qué más da que esté bien o mal, ¿qué es el bien o el mal según usted?, ¿no lo sabe malnacido?, ¿acaso no quiere saberlo?, ¿cree que me siento culpable?, pues no, pero eso nunca lo entenderá, nunca. Sergio dirigió su cólera hacia mí y me embistió con todas sus fuerzas, pero el sillazo le golpeó fuertemente los brazos y el cuchillo cayó al suelo. Luego seguimos golpeándonos durante unos minutos, hasta que jadeantes y extenuados nos separamos. Él se derrumbó sobre una silla llorando amargamente, con toda su alma al aire, con la inocencia de un niño, y poco a poco recuperamos algo de cordura. Esa noche mis padres cerraron el pestillo de su habitación, yo tuve que dormir bajo tensión, pues dormía en mi habitación. Pero eso no podría nunca comprenderlo, nunca, ¿o es que acaso lo ha leído en alguno de sus eruditos y sabios libros, de los que dispone de más de mil en este estudio?

—Por favor Luis, baja ese cuchillo, te… te lo suplico.

—¡Cállese, cállese le digo! —amenazó Luis mientras avanzaba con determinación hacia Alfredo con el cuchillo levantado.

Alfredo entonces encogió todo su cuerpo y puso sus brazos a modo de pantalla, suplicando por favor que no le hiciera nada.

—¡Fue usted el que se saltó aquel puto semáforo ebrio y con su coche provocó la muerte de mis tíos! Usted, prestigioso Doctor en Psiquiatría, el mismo que con sus amigos jueces influyentes salió indemne de aquel juicio amañado desde el principio, destrozando nuestras vidas para siempre, maldito bastardo.

Entonces Luis, con el cuchillo rozando ya el cuello de Alfredo, se giró bruscamente hacia la mesa escritorio, sacó una receta en blanco y la clavó con todas sus fuerzas sobre la madera de la mesa escritorio

—Ahora sí Doctor, recétese aquí su propia medicación malnacido, ahora sí que lo comprende…

 

COMENTARIOS:

Ciñe el relato a una sola escena; la de Luis en la consulta del psiquiatra. El primer párrafo no aporta nada ya que ese momento se cuenta durante el soliloquio de Luis y solo sirve para despistar al lector. Era lo que me descolocó durante tu lectura.

Atención a las faltas de ortografía: si escribes con ordenador es muy posible que el auto corrector te marque determinadas palabras en rojo, comprueba que la ortografía es la correcta. Envestir (embestir), por ejemplo.

Atención a los adverbios acabados en –mente. Hay ocho en el texto. Es demasiado. Quítalos o sustitúyelos por otros verbos.

Los balbuceos en la conversación no es necesario escribirlos de manera literal. Ya lo aclaras en las atribuciones (balbuceó Alfredo)

Presta atención a la edición del texto. Facilita la lectura.


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PROPUESTA 5  Incorregible  Jesús Ruiz Aún no sé por qué escribo esto, quizás sea por el vicio que tengo de la escritura, que pronto acabará....