PROPUESTA 2
El Bartolo
Jesús Ruiz
Era un personaje singular del barrio,
le llamaban «Bartolo» por su parecido físico con el personaje del tebeo, y por
su escaso amor al trabajo. Era de mediana estatura, tenía alrededor de treinta
años, y estaba fichado en la policía por pederastia, aunque entonces se denominaba
«abuso de menores».
Solía vagabundear vestido siempre
igual, con pantalón de pana de color indeterminado, una camisa que fue blanca,
marcada en las axilas por una mancha amarillenta de sudor acumulado durante
años, y unos zapatos cuarteados, de color marrón, que no habían conocido el
betún. Vivía con sus padres, en una pequeña accesoria, donde su progenitor se
ganaba el sustento como zapatero remendón, y con un pequeño puesto de chucherías
al que acudían pocos niños.
Una tarde de verano, que me aburría
en casa, salí a la calle a jugar, a pesar del calor, a mis ocho años no me
afectaba. Jugaba con unas bolas de cristal, en cuclillas, ajeno a cuanto me
rodeaba, hasta que alguien proyectó su sombra y me hizo mirar hacia arriba.
—Qué, jugando a las bolas, ¿no? —me
preguntó «el Bartolo».
—Sí —le respondí.
Conocía la mala fama de este
individuo, aunque no sabía que significaba abusar de menores, pensaba que era
pegar a los chavales basándose en su mayor envergadura.
—¿No tienes bolas de china?
—volvió a preguntar.
—No, son muy caras.
—Ven conmigo al kiosco y te doy dos.
—No, gracias.
Me sujetó el brazo con sus manos
peludas, hincándome sus renegridas unas, mientras acercaba su cara a la mía.
—Te las voy a regalar.
Noté su halitosis, que me llegó a
través de su sonrisa de burro, con unas enormes paletas amarillas y llenas de
sarro.
—No las quiero. Tengo las de cristal.
—¿Te voy a hacer un regalo y me lo
desprecias?
—No quiero nada tuyo. Déjame —le
respondí.
—Pues vas a venir, quieras o no —dijo
acercando más su cara.
Pegué un tirón del brazo y pude
zafarme, aunque sufrí un buen arañazo de sus sucias uñas. Pensé en correr a mi
casa, pero me cerraba el paso, por lo que opté por saltar la valla de un solar
que tenía frente a mí, donde se acumulaban vertidos de escombros y otros desechos.
Pudo agarrarme, pero no lo hizo, por
lo que salté sin dificultad el metro ochenta de altura, como había hecho en otras
ocasiones. No conté con su agilidad, pues saltó sin apenas esfuerzo. Eché a
correr entre los escombros, pero me persiguió hasta alcanzarme, sujetándome el
brazo con fuerza. No pude soltarme, era más fuerte que yo.
—Ya no te escapas, niñato, te vas a
enterar, aquí no nos ve nadie.
Cerca de donde estábamos, vi una
tubería de plomo de algo más de un metro. Lo pisé con fuerza, me soltó, y cogí la
tubería, él percibió lo que iba a hacer y se abalanzó sobre mí. Pude ser más
rápido y le golpeé con fuerza en la cabeza. Cayó al suelo y comenzó a brotarle
sangre. Asustado, la tiré, y corrí hacia fuera del solar, saltando la valla hacia
otra calle. Iba sin parar, mirando atrás, pero no me siguió.
Durante muchos días, no sé cuántos,
no salí a la calle, por temor a encontrarme con él. Desapareció del barrio.
Volvió a aparecer siete años después.
Según decían, había estado en la cárcel. Mientras viví en el barrio, no
volvimos a cruzarnos, no sé qué hubiera pasado de reconocerme.
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