domingo, 11 de febrero de 2024

 PROPUESTA 2

El Bartolo 

Jesús Ruiz

 

 

 

Era un personaje singular del barrio, le llamaban «Bartolo» por su parecido físico con el personaje del tebeo, y por su escaso amor al trabajo. Era de mediana estatura, tenía alrededor de treinta años, y estaba fichado en la policía por pederastia, aunque entonces se denominaba «abuso de menores».

Solía vagabundear vestido siempre igual, con pantalón de pana de color indeterminado, una camisa que fue blanca, marcada en las axilas por una mancha amarillenta de sudor acumulado durante años, y unos zapatos cuarteados, de color marrón, que no habían conocido el betún. Vivía con sus padres, en una pequeña accesoria, donde su progenitor se ganaba el sustento como zapatero remendón, y con un pequeño puesto de chucherías al que acudían pocos niños.

Una tarde de verano, que me aburría en casa, salí a la calle a jugar, a pesar del calor, a mis ocho años no me afectaba. Jugaba con unas bolas de cristal, en cuclillas, ajeno a cuanto me rodeaba, hasta que alguien proyectó su sombra y me hizo mirar hacia arriba.

—Qué, jugando a las bolas, ¿no? —me preguntó «el Bartolo».

—Sí —le respondí.

Conocía la mala fama de este individuo, aunque no sabía que significaba abusar de menores, pensaba que era pegar a los chavales basándose en su mayor envergadura.

—¿No tienes bolas de china? —volvió a preguntar.

—No, son muy caras.

—Ven conmigo al kiosco y te doy dos.

—No, gracias.

Me sujetó el brazo con sus manos peludas, hincándome sus renegridas unas, mientras acercaba su cara a la mía.

—Te las voy a regalar.

Noté su halitosis, que me llegó a través de su sonrisa de burro, con unas enormes paletas amarillas y llenas de sarro.

—No las quiero. Tengo las de cristal.

—¿Te voy a hacer un regalo y me lo desprecias?

—No quiero nada tuyo. Déjame —le respondí.

—Pues vas a venir, quieras o no —dijo acercando más su cara.

Pegué un tirón del brazo y pude zafarme, aunque sufrí un buen arañazo de sus sucias uñas. Pensé en correr a mi casa, pero me cerraba el paso, por lo que opté por saltar la valla de un solar que tenía frente a mí, donde se acumulaban vertidos de escombros y otros desechos.

Pudo agarrarme, pero no lo hizo, por lo que salté sin dificultad el metro ochenta de altura, como había hecho en otras ocasiones. No conté con su agilidad, pues saltó sin apenas esfuerzo. Eché a correr entre los escombros, pero me persiguió hasta alcanzarme, sujetándome el brazo con fuerza. No pude soltarme, era más fuerte que yo.

—Ya no te escapas, niñato, te vas a enterar, aquí no nos ve nadie.

Cerca de donde estábamos, vi una tubería de plomo de algo más de un metro. Lo pisé con fuerza, me soltó, y cogí la tubería, él percibió lo que iba a hacer y se abalanzó sobre mí. Pude ser más rápido y le golpeé con fuerza en la cabeza. Cayó al suelo y comenzó a brotarle sangre. Asustado, la tiré, y corrí hacia fuera del solar, saltando la valla hacia otra calle. Iba sin parar, mirando atrás, pero no me siguió.

Durante muchos días, no sé cuántos, no salí a la calle, por temor a encontrarme con él. Desapareció del barrio.

Volvió a aparecer siete años después. Según decían, había estado en la cárcel. Mientras viví en el barrio, no volvimos a cruzarnos, no sé qué hubiera pasado de reconocerme.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

PROPUESTA 5  Incorregible  Jesús Ruiz Aún no sé por qué escribo esto, quizás sea por el vicio que tengo de la escritura, que pronto acabará....