PROPUESTA 2
Hongos
Loren Montero
Mi padre me lo advertía cuando volvía del rastro:
—Rafaelín, ten cuidado con los gérmenes, que están por todos lados. —Y me obligaba a pasarle un trapo con lejía a los objetos que compraba—. Allí no te toques el pijote.
—Entonces, ¿cómo meo?
—Amárratelo con una cuerda y tira de ella cuando tengas ganas.
Y mi madre añadía:
—Si algún día coges bichitos, nos plantamos en el hospital sin pedir cita. Las palabras mágicas son: prima Natalia, quinta planta, laboratorio.
Jamás olvidaré la noche que follé con Vanesa. Qué polvazo, pero por la mañana notaba un picor... Lo examiné a la luz del flexo, quizás un poco colorado, pero nada más. Y así me llevé todo el santo día, con una comezón que por momentos me excitaba y por momentos me causaba inquietud.
—Vanesa, ¿no notas nada abajo? —le pregunté por teléfono.
—Lo noto como siempre, con ganas de más.
Por la noche, antes de acostarme, lo volví a examinar: la piel había perdido su brillo natural y parecía acartonada. Qué inquietud. A ver qué se hace. Metí el pijote en el lavabo, le refregué jabón con el cepillo de dientes y le di tres aguas, como a las espinacas; luego le eché polvos de talco y me tomé un Loracepán. Aquella noche dormí bien, pero por la mañana estaba despellejado y herido, ensangrentado, y el pellejo parecía abrazarlo como si quisiera defenderlo de una amenaza exterior. Pero el enemigo estaba dentro, ten cuidado con los gérmenes, Rafaelín. Y picor, dolor, calor, temblor y más cosas negativas que terminan en «or», y todo, por hacer el amor.
Se lo comenté a Frascuelo, el novillero que cafeteaba conmigo en el bar.
—Ten cuidado con Vanesa, que es vegana —dijo.
—Y eso… ¿qué quiere decir?
—Que defiende a los bichitos. El año pasado repartió ladillas por varios pueblos.
—Pero, lo mío…
—Seguro que es una gonorrea. —Y se rio a carcajadas—. Desde luego que eres un caso. ¡Mira que tener el tomate en carne viva!
—¡Pues y tú, que tienes una cicatriz en la mejilla!
—Pero ha sido por una cogida.
—Y lo mío, también.
El médico no me atendió hasta las once.
—Eso no es nada —con aire desenfadado rellenaba la receta—, también lo tuve yo de chavalote. —Y aquella frase era famosa en el pueblo, se la decía a todos los que pasaban por su consulta—. Échate esta pomada tres veces al día.
Yo no entendía aquella letra, pero llego a la farmacia y me dan Nutracén, sesenta céntimos, y en la caja, la foto del culo de un bebé. A los dos días un mazacote de pellejo envolvía por completo al paciente; a base de mucho dolor lo pude retirar, dejando al descubierto un amasijo de pitracos. La puta pomada le sirvió al bichito de alimento. Como el pipí me escocía, tuve que mear a través del forro de un rotulador. Preocupación. Qué se hace. Otra vez al médico.
—En urgencias no hay urólogo, y una cita te puede tardar un mes —dijo mientras escribía en un folio—. Corre con esto al hospital, pero tendrás que pelear en administración para que te vean.
Y allí me planté de inmediato. Y que no, que sin cita no puede ser, y que no puedo más, que se me cae a cachos, y que vuelve a tu médico, y que no, que esto es para especialistas, que lo pone en el papel. Y la disputa que sube de tono, me bajo los pantalones, qué escándalo, llaman a seguridad, que mírelo cómo se pudre, y que llega el vigilante, gritos, agarrones… Pero, cuando ya me tiene inmovilizado, recuerdo las palabras mágicas que me enseñó mi madre:
—Mi prima Natalia trabaja en el laboratorio de la quinta planta.
Y de inmediato me sueltan, forman un corro, cuchichean, asienten con la cabeza y dicen:
—Siéntate y espera, en un momento te llama el urólogo.
Salvación. Menos mal. Pronuncian mi nombre.
—Son hongos. Antibiótico y spray, tres veces al día. ¿Cómo los has cogido?
—Me los ha pegado una vegana.
—¿Una vegana?
—Sí, una de esas que reparte estos bichitos.
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