PROPUESTA 3
UN CAFÉ SOLO
Abrió la puerta de un solo
golpe y entro sin vacilar, mirando a un lado y a otro, escaneando cada rincón
del local. Caminaba despacio, altanero, con la cabeza erguida y sonriente.
Impoluto en el vestir, ni una arruga, agradable a la vista y con un marcado
gesto viril. Al acercarse el taconeo de sus zapatos resonaban en el ambiente.
Su pelo engominado y brillante algo ensortijado le daban un aire distinguido.
Lo reconocí al instante, me temblaron las manos. Él no me conocía. Llegó a la
barra, apartó uno de los taburetes y me hizo un gesto con la mano para que
acudiera a donde se encontraba.
- Un café solo chavalote-
pidió sin saludar- y una copa de coñac.
Y por su aliento pude saber que no era la primera de la mañana.
- Buenos días, en seguida
se lo pongo.
- Poca gente a esta hora
¿no?- lanzó la pregunta al aire, sin esperar respuesta. Estarán todos en la
manifestación – concluyó.
Mientras mis manos
preparaban el café, mi cabeza pensaba en Fernando, en cómo estaría, en las
secuelas que sufriría, me importaban las físicas pero mucho más las psíquicas,
en cómo afrontaría el día a día después de lo ocurrido hacía apenas cuarenta y
ocho horas, en como estaría …
- ¿Tarda mucho ese café? -
interrumpió mis pensamientos.
- En seguida estoy.
- Que digo que estará hoy
la gente en la manifestación esa ¿no?
- No lo sé, supongo.
La manifestación esa había
surgido espontanea, en defensa de unos derechos, de un colectivo, que aunque
las cosas parecían cambiar, siempre iba por detrás. Dos días antes, una pareja tomaba unas cañas en una terraza,
con ellos estaba Fernando, mi Fernando. Los tres habían salido a celebrar que
los primeros llevaban dos años de noviazgo, yo me uniría en cuanto saliera de
trabajar. La pareja fue increpada por el simple hecho de besarse, de quererse,
de mostrar su amor en público. Hay cosas que ciertos animales no pueden
comprender. Maricones, aquí no queremos maricones, estáis llenando España de
basura, comenzaron a gritarles. Y sin darles tiempo a defenderse, uno se
levantó y le asestó varios puñetazos a Fernando, que los instaba a marcharse
para no buscarse problemas. Uno de los golpes le rompió la mandíbula y cayó al
suelo. Yo llegué cuando los cuatro desalmados corrían, huyendo de forma medrosa
y ruin. Pero pude verle la cara a uno de ellos. Y ahora lo tenía enfrente,
acabándose un café y dispuesto a tomarse otra copa. ¿Qué hago? Pensé. Sería muy
fácil ponerle algo en la bebida, algo que le sirva al menos para que se llevara
un tiempo en el hospital o cargármelo aquí mismo, con uno de éstos cuchillos le
puedo asestar un corte en su sucia garganta. Pero ¿qué ganaría yo? No puedo
ponerme a su altura, no soy así. Casi nadie lamentaría su pérdida, pero su
madre no se lo merece. Pero habrá que pararlo, denunciarlo no sirve de nada, su
palabra contra la mía. Mañana estaría otra vez ensuciando la calle. Maldito
sea. Tenía ganas de matarlo, pero me han educado de otra manera. No puedo
quedarme sin hacer nada, no me lo perdonaría. Pienso en Fernando, en qué haría
él si estuviera aquí, en mis amigos que tuvieron que tragarse aquella
humillación. Sería tan fácil y tan rápido. Aquí solo estamos él y yo. Mi rabia
y mi desprecio jugarán de mi lado. No tiene porque enterarse nadie. Temblaba
mientras secaba los vasos. Él parecía normal, sin remordimientos, o quizás si.
Ojeaba un periódico y miraba la tele sonriendo, evidentemente cualquier gesto
suyo lo interpretaba como un desafío. Debía tranquilizarme.
- Cóbrate y quédate con el
cambio chaval - dijo tirándo un billete de cinco euros a la barra.
Apuró su copa y me saludó
levantando levemente la barbilla.
- Nos vemos – me dijo- Me
habían dicho que eras tan cobarde como tu novio, pero quería comprobarlo.
Y salió por la puerta sin
mirar atrás.
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