PROPUESTA 3
Luana
Jesús Ruiz
Fue en abril de 1981, cuando acudí
una tarde a visitar a un cliente a petición suya. Vivía en el barrio de Los
Remedios, en un piso de lujo. Era un conocido futbolista que jugaba en primera
división.
Abrió la puerta de la vivienda su
esposa, una chica brasileña, vestía camiseta ajustada que resaltaba su pecho, y
una falda corta que mostraba sus largas piernas. Con agradable sonrisa y acento
meloso, me hizo pasar al salón, donde esperaba su marido.
Tras saludarlos, me senté en el sofá,
situado frente a los sillones que ocupaba el matrimonio. Desplegué el contenido
de mi maletín en la mesa pequeña que nos separaba, y el futbolista me ofreció
una copa, que acepté.
—Luana, pásale una, por favor —dijo.
Ella estiró el brazo hacia el mueble
que tenía próximo, girando el cuerpo y despegando las rodillas, ofreciendo una
imagen que poco tiempo después hizo famosa Sharon Stone.
Me acercó la copa, y su marido me
sirvió pisco, bebida peruana de moda entonces.
No habían transcurrido cinco minutos
de nuestra conversación cuando él se levantó, y se dirigió hacia una estancia,
que, por los ruidos producidos, deduje era el baño. Luana me miró y me sonrió.
—¿Me ayudas en la cocina a preparar
algo? —me dijo con sensual tono.
—Por supuesto —le respondí.
Fuimos allá, se situó frente a la
encimera, de espaldas a mí, volvió su cabeza, me miró, y se levantó algo la
falda con su dedo índice, mostrando sus nalgas morenas, que acaricié con ambas
manos, notando su tacto de melocotón, mientras besaba su cuello. Un ruido en el
salón hizo que dejáramos nuestro juego y fingiéramos preparar algo. Apareció el
marido.
—Luana, ¿vas a hacer trabajar a
nuestro invitado?
—Le he pedido que me ayudara a
preparar algo para no dejarlo solo. ¿Qué te ha pasado?
—Nada importante.
Nos sentamos de nuevo. Luana jugaba
con sus rodillas, mostrándome su anatomía íntima con picardía cuando su marido
hojeaba algún documento.
El hombre se levantó de nuevo y se
dirigió al baño. Me volvió a pedir su esposa que la acompañara a la cocina,
donde comenzó a acariciarme con deseo, correspondiendo yo de la misma forma.
Bajó mi cremallera y metió su mano mientras nos besábamos. Entonces se escuchó
la cisterna. Volvimos al salón y nos sentamos antes de que apareciera el marido.
Bebimos para que no se notara el roce de nuestras bocas.
Retomamos nuestra conversación, y ella
se levantó para acercarse a la cocina. Pasó tras el sillón de él, me lanzó un
beso en silencio y se levantó la falda mientras sonreía. Llevaba en la mano un
bote de Evacuol. Al momento regresó con unos canapés.
El hombre volvió a sentirse mal y me
pidió disculpas por tener que interrumpir la reunión. Quedé en volver el
viernes y traer la documentación de aquello que más le había interesado.
—No, el viernes no puedo, viajo por
la mañana a San Sebastián con el equipo —dijo.
—No, que venga, yo voy a estar aquí,
y ya te comento cuando regreses —dijo la mujer.
—Perfecto, mejor —ratificó él.
—Pues entonces, vuelvo el viernes.
Me acompañó Luana hasta la puerta.
—Te espero el viernes, ven preparado
y sin prisas —dijo en voz baja.
Salí mientras escuchaba a su marido
entrar al baño.
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