PROPUESTA 2
“La
Mano negra del Apostol”
Antonio Jesús Jiménez
Por
fin estábamos allí, tras nueve horas de carretera, O Cebreiro, camino francés
de Santiago, mi primer camino. Me acompañaba mi gran amigo José Manuel, por
delante 150kms hasta Santiago. La ilusión era desbordante. El pueblo parecía
sacado del Medievo, situado en lo alto de una colina, con una vieja iglesia
románica en la que desembocaba su calle principal, repleta de viejas casas
gallegas de piedra y con ese halo celta en su atmósfera. Estaba comenzando a
anochecer, y el cielo estaba neblinado y con llovizna, dándole aún un aire más
misterioso. Tras dejar las cosas en el albergue, y haciendo honor a nuestra
esencia andaluza, acostarse temprano para estar como un reloj, eso en Alemania,
pero no en Andalucía. Esa noche jugaba España, y nos metimos en una especie de
antigua bodega de paredes de piedras, pequeña y acogedora. Disponía de una gran
pantalla, y el fútbol acababa de comenzar, llegaron las dos primeras birras.
Pudimos conversar con otros caminantes que venían de más lejos, gentes ya hecha
por los caminos, de frondosas barbas y caras cansadas. El partido acabó a la
13:30h, y también dimos cuenta de cuatro birras cada uno, entonces miramos el
reloj.
Había
que irse a dormir, mañana tendríamos una etapa dura, treinta y dos kms. La
habitación que habíamos conseguido, estaba en el primer piso de una casa
antigua, era muy pequeña, con dos pequeñas camas. Solo disponía de una mesita
de noche, donde pusimos las cosas de valor y el agua, y una pequeña ventana
desde la que se podía casi tentar el techo de tejas. Las cervezas empezaban a
hacer efecto y los ojos tendían a cerrarse. José Manuel se volvió hacia la
pared para dormir, yo me quedé mirando al techo un ratillo, pensando en mis
cosas. No sé si por intuición, pero giré la cabeza hacia la ventanita, y lo que
vi me sobresaltó de una forma increíble, era una mano tanteando la mesita de
noche. Tardé en reaccionar unos segundos, aquello parecía surrealista, luego
escuché a José volverse y comenzar a gritar, con la botella de litro y medio de
agua a modo de arma:
—¡Ven
para acá hijoputa, te mato! —exclamó José a grito pelado, batallando entre el
coraje y el miedo.
—¡Me
cago en tus muertos cabrón¡—grité también yo entre una gran sorpresa y
confusión incorporándome de la cama de un salto.
Rápidamente
bajamos hasta la calle en calzoncillos y una sudadera por arriba, le dimos la
vuelta a la casa profiriendo insultos y buscando al misterioso intruso. No
había nadie por la calle y el pueblo estaba cubierto por una neblina espesa. Deambulando
llegamos a la iglesia guiados por el enfado y el miedo, e injuriando a gritos.
Nada, ni un solo ruido, O cebreiro dormitaba en calma. Tras recuperar un poco
de cordura, desistimos y volvimos a la habitación, comprobamos nuestras cosas,
algunas habían caído al suelo, pero no había conseguido llevarse nada. Cerramos
la ventana y el pestillo mientras hablábamos de lo sucedido. Esas escasas cinco
horas de sueño dormimos como pudimos.
A
las seis sonó el reloj, nos calzamos las botas, la mochila nos miraba
esperando, y la ilusión comenzó a aparecer de nuevo. Necesitábamos un café y
entramos en un pequeño bar situado casi a la salida del pueblo. En la barra,
una mujer gallega de pura cepa, con mangas remangadas y resuelta, de unos
cuarenta años, muy estresada ya a esas horas. Nos dejamos caer en los taburetes
medio dormidos aún, cuando una voz nos espabiló de repente:
—¡A
ver carallo, qué vais a tomar andaluces, que no tengo todo el día, venga hombre
que ya vais tardando!.—Lo soltó con la fuerza de un huracán, aquella gallega
era puro nervio, con esa frase ya mínimo teníamos los dos primeros kilómetros
hechos. Junto a nosotros estaba sentado el mismo fraile que nos dio la credencial
en la iglesia cuando llegamos, vestía de calle:
—Bueno
días, primer camino, os recuerdo, vosotros sois los andaluces del hostal San
Pedro, si os dí ayer la credencial.—
—Buenos
días, sí hoy comenzamos, vamos hasta Sarria, ya con muchas ganas— le respondió
Jose Manuel.
—Bueno
pues “Buen camino tengan”, he de marcharme — ,concluyó mientras abandonaba el
bar.
Nosotros
nos colgamos las mochilas y emprendimos marcha. Localizamos la primera flecha
amarilla, a la salida de O Cebreiro. Amanecía entre rocío de la mañana y la
fragancia de los verdes prados, alrededor silencio y naturaleza. En la lejanía se abría un precioso valle, nos quedamos por
un momento divisando con la mirada aquel pequeño paraíso, bosques,pequeños
pueblos salpicados, el cauce de un pequeño río, por donde corría agua clara y
fresca, vacas pastando tranquilamente. Algunos peregrinos nos adelantaban y nos
deseaban buen camino. Respiramos hondo aquel olor de la mañana, sabiendo
que el alma se iría llenando con cada paso dado en aquel
paraíso. Andamos en silencio durante un par de horas, pero mi cabeza no dejaba
de rondar una extraña y escalofriante idea y frené en seco:
—
¡Jose para, para un momento¡, mira la credencial, en ningún apartado aparece el
nombre del hostal San Pedro, aún no nos habíamos hospedado y queda lejos de la
Iglesia…
“EL TESORO DE “LOS GOONIES” ESTABA EN
CHIPIONA”
La noche
olía a mar, una preciosa luna iluminaba el cielo de Chipiona. Como cada agosto,
fieles a nuestra cita, allí estábamos en familia un año más. Nos encantaba disfrutar de todo lo
que nos ofrecía aquel pueblo marinero. A mis padres les encantaba pararse en sus
bodeguitas, con suelo de albero, y tomar unas copitas de moscatel y unas
raciones de adobo y puntillitas en familia. Tantas cosas… los paseos por la
siempre animada calle sierpes, el castillito, unos churros con chocolate junto al mercado de abastos,…. A mis hermanos
y a mí nos encantaba también levantarnos temprano, coger cubos y redes, y
acompañar a mi padre a ver si cogíamos cangrejos entre las piedras de la playa.
O ese vasito de camarones al atardecer
junto al castillito. Nos emocionaba pasar por la plaza de los Ponis, donde por
50 pesetas te dabas una vuelta en aquellos pequeños caballitos. Pero ese año
además venía mi abuelo, mi abuelo “burra”, y eso nos colmaba de una gran alegría.
Mi abuelo
“Burra”, el mote era real, pues vivíamos junto a su casa, en donde en un
pequeño establo tenía una burra, que
usaba para labrar la tierra y sembrar. Mi abuelo era una persona buena, lleno de bondad y buenos sentimientos.
A pesar de haber sufrido una vida durísima, guerra, hambre, penurias, trabajos
de sol a sol, era como el metal noble
golpeado mil veces en la fragua, caldeado por las altas temperaturas, pero de
alma inquebrantable y grande.
Aquella
tarde-noche de martes fue muy especial. Mi abuelo nos cogió de la mano y le
dijo a mi padre que nos quería llevar al cine de verano. Mis hermanos y yo nos
sentimos llenos de ilusión ante la propuesta pues nunca habíamos ido al cine.
Estábamos colorados y reventados, pero sentíamos un hermoso aire de libertad,
sencillez e inocencia. Nos compró paquetes de palomitas, pipas, además de
palotes y gomitas. Después, como pudo, pues para él era algo nuevo, nos llevó a
las taquillas, y compró las entradas. Sobre la pared colgaban varios carteles de
películas. Preguntando pudo saber que a las 20.30h había una sesión de
"Los Goonies". Recuerdo que mis hermanos y yo estábamos fascinados,
nuestra primera vez en el cine, una película de aventuras, con nuestro abuelo,
que más podíamos pedir. No veíamos la forma de que llegara la hora y nos dejaran pasar, y nerviosos perdidos
casi matamos a preguntas a mi abuelo. Por fin pudimos entrar, era enorme, casi
como un campo de futbol. Al fondo estaba situada la enorme pantalla. Las sillas
eran de madera sencilla y en las paredes colgaban carteles de otras películas.
Nos sentamos en mitad de la sala. Pronto comenzó la proyección, el entusiasmo
nos desbordaba, un peli de aventuras, de tesoros piratas, de peripecias. Nos cautivó
desde el primer momento, sobre todo al ver a los protagonistas, niños como
nosotros, que iban en bici, como las que usábamos para ir también de aventuras por
nuestro pueblo, soñando con encontrar mapas de tesoros escondidos en algún
lugar salvaje, dejando volar la imaginación. Siempre recordaré aquellos
momentos tan mágicos con mi abuelo y hermanos, bajo aquel techo de estrellas y
luna, y el olor a mar impregnándolo todo. Nos dejamos envolver totalmente por “Los Goonies”.
Han pasado
muchos años desde aquel día, y ahora sonrío pensando qué sentiría aquel viejo
hombre de campo, de mil batallas, penurias y sacrificios, que poco o nada había
disfrutado en su vida, al ver a sus tres
nietecillos entusiasmados con las aventuras de “Los Goonies”, con sólo escuchar
nuestros comentarios llenos de emoción: “¡mira abuelo, has visto el barco
Pirata¡, ¡mira que invento del niño chinito¡, ¡abuelo mira ese hombre malo con un solo ojo,
qué miedo¡,¿ por qué lo han amarrado?” Sonrío e imagino su mirada brillante,
aguantando para que no se le saltasen las lágrimas. Sonrío y pienso que quizás
el gran pirata Willy el Tuerto sin saberlo dejó el mejor de sus tesoros en
aquel precioso pueblo marinero de Cádiz, uno tan increíble y hermoso que no
cabría ni tan siquiera en su más grandioso galeón pirata.
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