Propuesta semana 2
Una foto, un vestido con delfines azules y un chino en el zapato
Beatriz Vélez García
Desplumando la librería de mis padres se ha caído al suelo una
fotografía antigua. Mi cintura se ha resentido al agacharme a recogerla, pero
el esfuerzo titánico ha merecido la pena.
El momento en el que se tomó la imagen lo tengo grabado a fuego. La
protagonista soy yo con tres o quizá cuatro años. Los rizos a lo loco recogidos
en una cola medio deshecha; un semblante serio, con la boca y el ceño
fruncidos; sin mirar a la cámara, dirigiendo la vista con indiferencia hacia la
derecha; el vestido blanco con delfines azules, el único que ha cosido mi madre
en su vida y que puede que estuviera estrenando ese día; y de fondo, árboles
verdes y chorros de agua de una fuente.
Puedo sentir el calorcito del sol de primavera en la cara. Habíamos ido
al parque como cada sábado, pero, contra todo pronóstico, no íbamos solos papá
y yo sino que nos acompañaba mamá. Puede que fuera por eso por lo que
llevábamos la cámara de fotos, porque papá no carga con chismes por voluntad
propia.
Ya habíamos visto el Cocherito Lerén en la Plaza de España y le
habíamos dado los gusanitos a los patos, tirado el pan duro a la papelera y yo
me había comido los altramuces que mi padre compraba en un carro de hierro
verde que vendía chucherías y los chochos en vasitos llenos de agua salada. Ya
sólo quedaba volver paseando hasta la otra punta del parte y poner rumbo a
casa.
No sé qué musa inspiró a mi padre en mitad del paseo ni qué diablillo
quiso jugar conmigo, pero casi a la vez que yo anunciaba la incómoda presencia
de un chino en mi zapato, mi padre tuvo la feliz idea de hacerme una foto.
En otro momento de mi vida es posible que me hubiera quitado corriendo
el zapato, lo habría golpeado en el suelo para que saliera la piedra malaje y
eso habría sido todo. Pero en ese momento, mis pies lucían unas robustas a la
par que elegantes botitas ortopédicas, tan feas como difíciles de abrochar para
una niña de mi edad, así que antes de desplegar mis dotes de modelo de revista,
pedí que me sacaran la piedra, que pinchaba y que a pie quieto se clavaba más.
Mi padre me dijo que me esperara a que echara la foto, que solo iba a
ser un momento. Y era verdad que sería sólo un momento, porque el aprendiz de
Daguerre que tengo por progenitor se limitaba a apretar el botón sin mucha
ciencia más, pero a esa edad la paciencia no era mi mayor virtud, tampoco lo
era la prudencia.
Una ciclogénesis explosiva se formó sobre nuestras cabezas en un ir y
venir de “estáte quieta” y “sácame la piedra primero” mientras mi madre, en
silencio y con la cara desencajada, miraba a dos cabezones en acción como quien
ve un partido de tenis.
Fueron diez minutos de reloj, o tal vez quince, con este ir y venir. Ha
habido negociaciones colectivas de mineros del carbón con menos tensión que en
aquellos minutos que a mi madre se le hicieron eternos. Diez minutos que se
zanjaron con mi padre colocándome a la fuerza delante de la fuente; yo girando
la cabeza con dignidad; y mamá tapándose la cara con la mano antes de
reaccionar, quitarme el zapato y sacudirlo.
Diez minutos, una foto y toda la vida discutiendo porque mi padre sigue
diciendo que no había piedra, y yo me mantengo como Don Mendo.
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