PROPUESTA 5
Últimas voluntades
Beatriz Vélez García
La primera vez que se apareció mi padre fue la noche después de firmar
el contrato con el diablo. Su cuerpo apestaba en mis sueños etéreo, pero
reconocible, tocado y laureado, como un antiguo césar. Su voz, clara y serena,
me repetía «¿tú también, Bruto?». Desperté empapado en sudor.
A la mañana siguiente, con la resaca del sueño intranquilo, me
asaltaron dudas de si había hecho lo correcto. Sobre mi hombro derecho creí ver
un angelito que me invitaba a llamar al editor y anular el contrato. Sobre el
izquierdo, burlón, un pequeño demonio me recordaba la cantidad de ceros del
cheque que me habían extendido.
Me enfrenté a la mirada curiosa de mi mujer sin más argumentos que un
mal sueño y, convenciéndome de que era así, me fui al trabajo, a seguir con la
vida como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, en la que mi padre era
sólo un recuerdo.
Después de esa vez, vinieron muchas más. Los primeros días fue en
sueños, unas veces como un césar; otras veces como un batallón de fusilamiento
en el que yo era el que sostenía el arma y cargaba contra mi padre sin piedad;
y otras, simplemente, lo veía sentado en el sillón frente a mi cama, con gesto
serio y decepcionado. Sólo habló en la primera ocasión, el resto no le hizo
falta, había conseguido que yo supiera qué quería y qué pensaba de lo que había
hecho contraviniendo sus últimas voluntades.
«Esta historia nunca verá la luz». Mi padre creía que su última obra no
tenía la calidad suficiente para compartirla con el mundo. Él, que tanto amaba
su trabajo, al acabar aquel borrador, entre abandonos de la memoria, tuvo la
lucidez suficiente para rogarme que nunca se publicara.
Fue a la quinta aparición cuando comprendí que me había vendido por un
puñado de dólares. Había sucumbido a la tentación. Volví a levantarme empapado
en sudor, pero con el firme propósito de anular el contrato por el que, a
cambio de treinta monedas, habían apresado las letras de mi padre por los
siglos de los siglos, o, al menos, por el tiempo que la editorial conservara
sus derechos.
El fantasma de mi padre me acompañaba cuando me dirigí a la editorial.
Al grito de «¡qué paren las rotativas!» me colé en el lujoso despacho del
editor que, sobresaltado, tiró al suelo el teléfono móvil y un tocho de papeles
que parecía leer a su interlocutor.
El editor se rio con maldad cuando le pedí que anuláramos el contrato y
detuviéramos la publicación del libro de mi padre. Rio con saña ante mi
estulticia. «No has leído la letra pequeña». Sacó del cajón el contrato y se
puso las gafas con la intención de ilustrarme. «La anulación unilateral del
presente contrato por parte del autor o herederos supondrá el nacimiento de la
obligación de éste al abono de un millón de euros por cada año de cesión de los
derechos de autor que resten».
Setenta. Setenta años y setenta millones. No tenía monedas para
pagarlo. Tampoco tendría tiempo ni asumiendo un calendario de módicos pagos.
Estaba atado de pies y manos, lo sabía el editor, lo sabía mi abogado, lo sabía
mi mujer que sí había leído el contrato y lo sabía mi padre, o su fantasma, que
me miraba apesadumbrado desde su privilegiado lugar a la espalda del editor.
Al día siguiente los periódicos hablaban de la repentina muerte por
infarto del editor jefe de la editorial Galaxia. Al día siguiente, nadie en la
editorial encontró el contrato del libro póstumo del premio nobel. Al día
siguiente, el fantasma de mi padre se despidió levantándose levemente el
sombrero y diluyéndose en la nada.
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