PROPUESTA 5
Incorregible
Jesús Ruiz
Aún no sé por qué escribo esto, quizás sea por el vicio que tengo de la escritura, que pronto acabará. No me ayuda la mesa tocinera en la que apoyo el papel, llena de arrugas y cortes. Menos mal que la silla es firme.
He bajado al corral todo en una bolsa de Ikea: una soga de 12 hebras, de calibre de 15 milímetros, de dos metros de larga, y con un nudo corredizo en un extremo, una máscara de goma de un hombre sonriente, de cabeza entera, este papel, y el lápiz. Además de la silla de enea en la que estoy sentado, y la mesa. No necesito nada más.
Ya he fijado la cuerda y me he columpiado en ella, la he colocado en una viga de tronco de castaño, tengo que asegurarme que no se rompa con mi peso, como le pasó a Gregorio el de la Benita, que no calculó la resistencia y se le partió, cayendo de una altura de metro y medio en la zahurda. Se fracturó la pierna por tres sitios. Quedó, en el pueblo, cojo, desgraciado y gilipollas, para siempre.
Superada la prueba de resistencia del madero y la soga. La silla también es firme, y fácil de tumbar de una patada. Llevo puesto un chándal, para presumir, cuando me descubran, de la erección involuntaria que originan estas situaciones. Aunque no podré ver sus caras.
Me situaré de espaldas a la entrada, para amortiguar el impacto visual. Ahora me pongo la máscara que me cubre la cabeza —¡joder, ¡cómo tira del pelo! —, no quiero que vean mi cara cianótica y mi lengua fuera, prefiero ofrecer una sonrisa impostada. ¡Vaya, no se ve mucho con ella puesta!
Hay una carta, en el poyo de la chimenea de la primera planta, explicando los motivos de lo que voy a hacer, para que nadie piense que es por su causa, no necesito a quién culpar de mis decisiones.
Ahora me subiré a la silla, así que dejo de escribir. Para siempre.
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