PROPUESTA 4 EL RELATO FRAGMENTARIO
Esto
huele muy mal…
Antonio Jesús Jiménez Polvillo
Mi madre me bajó los pantalones y me encajó en aquella especie
de habitáculo, nunca mejor dicho, blanco y ovalado. Estaba un poco asustado
pues siempre desde pequeño me colocaba
sobre algo parecido a una cacerola de plástico con un asa. Era invierno y al
sentarme noté un frío enorme en los muslos. Aunque la orden de mi madre era
clara, “¡tú no me toreas más, he lavado las sábanas ya cuatro veces, maldita
sea la hora en que le eché aquellas acelgas y tronchos al cocido!”. No terminó
la frase cuando, como si me hubiera convertido en un aspersor del Parque de
Maria Luisa y a modo de fuegos artificiales, empecé un cuadro de Picazo sobre
aquel lienzo de porcelana. Solo necesité tres brochazos y la obra quedó para el
Prado. Salté de aquel agujero al suelo, y prestamente me fui a jugar a la
calle, pues presentía que a mi madre no le gustaba, yo diría que incluso odiaba
el arte, y más el cubismo.
Cuatro de la mañana, y tras diez intentos fallidos con la
llave en la cerradura, consigo entrar. Del tirón me dirijo para el baño. Atino
a quitarme la ropa como Fernando Alonso con su Ferrari en una curva de
Montecarlos. Venía, y venía ya. Al principio creí que estaba en al Apolo 11
alunizando. Me acordé entonces de las cuatro cervezas, cinco cubatas y los tres
chupitos dando saltos en la discoteca como si no hubiera un mañana. Me agarré con las manos al toallero, como si
estuviera montado en la olla de la calle Infierno. Balanceé el cuerpo, fue
entonces cuando intuí lo peor. Sí, no había duda,era el “Chinchetas”, maldita
sea mi estampa me dije, que mala suerte. Venía raspando y pegando picotazos el muy cabrón.
Comenzaron los sudores fríos. A pesar de todo, le eché valor y dejé que el “Chinchetas” fuera saliendo,
pero era duro de cojones. Así que adopté medidas más drásticas, la táctica del
paso de San Gonzalo entrando en San Jacinto, dos pasos palante y una pa atrás.
Por fin noté el zambombazo caer, y medio litro de agua salpicando mis muslos.
Salvado pensé. Cogí el móvil, busqué en
la agenda, ahí está, Marta. Dos lágrimas se deslizaron por mi mejilla.”Marta,
tenemos que hablar, te echo mucho de menos, necesito verte”, escribí.
Un par de décadas después,de visita a mis padres un día muy
especial para la familia. Al rato noté tambores de guerra indios en mi
estómago, y me dirigí hacia el baño. Intenté entrar, pero estaba mi hermano
dentro. Podía aguantar unos minutos más, pero tendría que prepararme para un
posible ataque químico, hacerme de unas mascarillas antigás, o vete a saber. Mi
hermano era como un vikingo, con una
espalda tipo ropero empotrado, y comía como una manada de búfalos. Al fin
salió, me saludó y dijo que volviera a tirar de la cadena. Eso despertó en mí
todos los temores. Entré y cerré la puerta, no daba crédito a lo que veían mis
ojos. Aquello había sido un parto, un esbelto niño negrito me miraba con su
inocencia. Era grande el jodio, la tranca de madera de una puerta antigua de
pueblo, se quedaba en pañales. Tiré de las cisternas varias veces, y nada,
aquel niño se aferraba a la porcelana y se mantenía firme. Tuve que ir por un
cubo de agua y echarlo con fuerza, solo así desapareció. Cada vez que veo un nazareno
con capirote negro se me corta el cuerpo. Al salir. mi hermano me puso a su
recién nacida en los brazos, acababa de llegar del hospital, era tan preciosa
que todo lo demás se lo llevaría el agua, o tal vez Colima.
Pasé algunos años trabajando fuera, hasta que al fin me prejubilé.
Con el dinero ahorrado me vine al pueblo, sentía una gran nostalgia de volver a mi tierra. Mi madre, ya ancianita,
vivía ahora con mi hermana, y la casa se la habían vendido a una pareja de
ingenieros aeroespaciales. Tras visitar a mi familia, quise volver a mi casa de
toda la vida. Me armé de valor y le pedí a dicha pareja que me dejaran entrar,
necesitaba recordar mi infancia. Lo entendieron y se mostraron muy amables. Me
ofrecieron un café que venía de una zona de los Alpes italianos, de la
provincia de “tevas di varetti”. Capuchino solo intenso. “Manma mía el
maledetto caffe” me dije mientras entraba al baño de urgencias. Mi sorpresa fue
enorme, estaba todo muy cambiado, irreconocible. Pude ver varias pantallas y
mandos táctiles, algunos sensores electrónicos. La puerta domótica se cerró
sola, y entonces una voz dulce comenzó a
hablarme:
—Siéntese y póngase cómodo señor Jiménez, soy Alice y quiero
que pase un rato muy agradable conmigo.—sugirió casi susurrándome. Me senté
sobre la taza del váter. Ella dijo “adelante balanceo suave y aire del caribe.”
El bater comenzó a moverse suavemente como una hamaca, y me llegó una brisa
cálida y salobre al rostro.“Adelante pantalla de cine 3d”, siguió. Una enorme pantalla se desplegló del techo
frente a mí.
—¿Desea un buen masaje?, —me preguntó—, disponemos de masaje
corporal completo al estilo de la bella hawaina.—sugirió con voz melosa
—¡Si, sí Alice, ese, ese Alice!.—dije totalmente entregado—.Seis
brazos cibernéticos salieron del contorno del váter, dos de ellos masajearon mi
espalda, dos mis piernas, y los otros dos…ejem. Eran solo cuatro.
—¿Qué música desea mientras mi amor?, —me susurró con voz
dulce—, yo en ese momento ya estaba que se me caía las babas.
— Una balada de Whitney Houston cariño, — respondí totalmente
en sus manos— , Alice guapísima qué maravilla, donde estabas metida y yo sin
conocerte, que esto no acabe nunca.
—Lo siento cari, reguetón todo el que quieras, mi programación
musical llega solo hasta ahí, es la modernidad musical.—respondió dejándome de
a cuadros.
—¿reguetón?, no apaga música,—le contesté confuso y
contrariado— Pero ya era demasiado tarde, me puso las canciones a toda leche. Maluma,
Don Omar, C Tangana, todos cantando con varios calcetines o mantecados en la
boca, me cortó todo el rollo. Empecé a
teclear todas las funciones de una pantalla táctil de control que había junto
al váter, pero lo empeoré todo aún más. “Fallo de funciones, resetear todo”, repetía
Alice una y otra vez, la pantalla empezó a proyectar videos de Pajares y Esteso,
mezclados con documentales de cebras apareándose en el Serengueti, las manos
comenzaron a golpearme, me estaban dando una buena manta de palos, el aire se
volvió un vendaval frio, y para colmo
noté un chorro de agua gélida sobre mis testículos, que me recordó un iglú en
Siberia. Pegué un enorme salto y grité con toda mi alma “¡¡desconexión total
Alice por tu madre!!. Por fin todo quedó en stamby, La había liado parda. Desde
el otro lado de la puerta me avisaron que iban a tardar un rato en resetear y reconectar el sistema para abrir la
puerta. Resignado, empecé a recordar cuando mi madre me sentó por primera vez
en el váter, y sentí una profunda añoranza, a pesar de sus quejas, cuánto la
quería. Cogí papel y boli, y empecé este
relato con la esperanza de no cargarla más, pero me huele mal, muy mal…
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