PROPUESTA 4 EL RELATO FRAGMENTARIO
La casa de mis recuerdos
Jesús Ruiz
Introduzco el llavín y la cerradura cede con suavidad, no puedo evitar acordarme de la llave que conocí hace cincuenta años, de más de un palmo de larga, que giraba el bombín con estridencia. Tampoco la puerta es la misma. Vuelvo a la casa de mi infancia, ahora que tengo dinero para comprarla.
Juego en el suelo, con un pequeño coche de hojalata que me regaló mi abuelo, con cuatro años no me importa si el piso está limpio o no, aunque apoye la cara para ver las ruedas arañando las losas, me siento feliz y eso basta.
Con dieciséis años, recojo mis recuerdos de toda una vida, mis juguetes, mis álbumes de cromos, mis tebeos, todo el equipaje que llevo a mi nuevo hogar. La ropa la ha recogido mi madre. Los zapatos, los llevo puestos.
Cuando paso al interior de la vivienda, me sorprendo, todo es más pequeño, hasta el mueble de mampostería destinado a la ropa para planchar, en el que, vacío, entrábamos hasta tres hermanos. Ahora no quepo yo solo.
Me asomo a la terraza para ver el patio interior, me aúpo en una silla para poder observar a los gatos y a las gallinas que deambulan por el recinto cerrado a la calle, me sorprende la yerba que crece salvaje, y los tendederos de alambre sujetos con largos palos resecos. Una mujer extiende las sábanas recién lavadas sobre el suelo.
Miro si mi madre ha recogido mi uniforme de botones, el lunes vuelvo a trabajar y lo necesito impoluto. Compruebo si lleva la crema de los zapatos, que deben lucir brillantes, como las insignias de las solapas que muestran las iniciales de la empresa.
Mi tiempo de trabajo quedó atrás, ahora toca descansar, recordar y añorar tiempos pasados que no volverán. La que fue mi casa traerá a mi memoria vivencias que tenía olvidadas.
Entro en el dormitorio de mis abuelos, veo en la ventana las jaulas de jilgueros que cuelga cada mañana, y, en la pared, los carteles de Semana Santa y Feria que renueva cada año. A través de las rejas, me asomo a la calle, bajo la deformada persiana de esparto castigada por el sol, en la acera de enfrente, la tienda de Donato, con su nuevo anuncio de Coca Cola, que hace unos días que le colocaron. Sigue aparcada en la puerta la moto de mi tío, una Lambretta que suena inconfundible cuando la arranca para ir a ver a su novia. Cómo me gustaría que me diera un paseo, pero siempre me dice que soy pequeño aún.
Me despido de mis abuelos, aunque volveré para verlos, sobre todo a él, con quien pasé muchas noches hablando sobre sus recuerdos de cuando llegó a Sevilla, y de cómo vivió en su pueblo de la sierra onubense.
No voy a renunciar a seguir escuchándolo. Volveré. Pero he vuelto demasiado tarde. Hace muchos años que se fue para siempre, él, mi abuela, incluso mi madre, mi padre, y algunos de mis tíos.
Por todo lo que encierran esos cien metros cuadrados, es por lo que me he decidido a comprar el piso. Muchos recuerdos que quiero revivir, en la recta final de mi vida.
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