PROPUESTA SEMANA 1
Biografía de una calle
Marta Sánchez Mora
<<Yo,
de pequeña, quería ser monja. Y mi padre, que era republicano, me pegaba cada
vez que lo repetía. Yo, de pequeña, quería ser puta. Y mi madre, que era muy
beata, me pegaba cada vez que lo repetía. Yo, de pequeña, quería ser poeta. Y
la vida me pegaba. ¡Pero conseguí serlo!>>
“Autobio”.
Gloria Fuertes
Aún recuerdo
aquel día que dejé la universidad. Era mi primer semestre. Me llamaban para
cubrir suplencias en la panadería de lunes a domingo. Tenía que ganar dinero.
Tenía que sobrevivir. Mi vocación era hacer pan; mi devoción, leer. Mi casa
siempre ha estado repleta de libros, aunque no de literatura. La biblioteca
variaba dependiendo del grado de depresión de mi madre. La primera vez, se
llenó de biblias. La segunda, de sombras.
Aún recuerdo
aquel día. Mi ecosistema es una calle en la que venden droga. Las adolescentes
se quedan embarazadas de algún yonki
de turno. Los llantos de los bebés se mezclan con el estruendo de las sirenas
de alguna ambulancia. Las ancianas de mi calle se van muriendo. Sus hijos,
cuarentones carroñeros sin oficio ni beneficio, no suelen tardar en llegar para
congelar al frío material de objetos y casas abandonadas. Ya no se les ve
salir. Mi calle absorbe la luz. Mi calle aplasta mis sueños, los sepulta bajo
el hormigón del asfalto. Se queman.
Aquel día
trabajé doce horas. Jornada partida. Cogí la llave de mis entrañas para entrar
en casa, por fin. Mis padres, mi abuela, mi tío, un hermano que dicen que tengo
y mi sobrina estaban dentro, mirando hacia la pared, buscando grietas para
escapar. Mis otros hermanos lo consiguieron. Ya no vienen de visita. Conozco a
García Lorca antes de que me lo presentaran. La casa estaba a oscuras, como
casi siempre. Yo solo palpaba mi sombra. Yo solo era una panadera, no apta para
estudiar, pero sí para renunciar a mí misma sin saber aún quién era. Tres
televisores encendidos, a destiempo. Aquel día no traje pan ni paciencia.
Estuve un año
trabajando los siete días de la semana. Sé que fue un año porque el calendario
era lo único que me hacía sentir viva. Tres euros la hora. Cinco euros si era
domingo. Uno sabe lo que es una página en blanco cuando ha vivido en el vacío.
Estudiar no sirve pa’ ná, hija. Llevas trabajando desde
los dieciséis años siempre de panadera. No dejes la panadería. Te vas a
arrepentir. Mira al hijo del Mateo: dos carreras y se ha vuelto loco. Ahí está,
donde los locos, encerrao. Tú a
trabajar, a encontrar un buen marido y a tener una familia, como he hecho yo
con tu madre. A ver si te vas ya de casa, que tanto estudiar y viviendo aquí de
la sopa boba, hostia… Ya tienes veinte años, hija.
Mi último día en
la panadería fue amargo y gratificante a la vez. Aquel día me dio por parirme.
El establecimiento estaba ubicado justo delante de mi antigua escuela de
monjas. Las casualidades existen, pero traen consigo causalidades. Llegó Pilar,
una antigua maestra de matemáticas que me presentó con catorce años a un
concurso de poesía que gané. Quedé primera. Mi poema ganó a poemas de niños que tenían madres sonrientes y sanas,
padres felices. Más que maestra era
cómplice, amiga. Aún recuerdo ese abrazo, ese día…Inspiraba cultura. No hizo
falta que me dijera nada. Nunca se me han dado bien las matemáticas, pero ella
luchaba porque las entendiera. Aquel día supe despejar la ecuación de sus
gestos, de su mirada. No voy a desvelar esa incógnita. Hay cosas que no son
necesarias decir. Aquel día, Pilar no compró pan ni paciencia.
Aún recuerdo
aquel día que llegué de nuevo a la universidad. Tenía que vivir. Nací tarde y
nadie me esperaba. Estaba sola. Me senté en un banco del patio de letras y
sonreí. Tras un año sin sonreír y con
agujetas en las mejillas por el gesto recorrí los alrededores pensando en el
concepto de maldad. Yo solo encontraba ejemplos –los cuales me guardo para mi
olvido-. Primera clase con el maestro Ferrer. Literatura vista en panorámica.
Volaba alto y veía las cabezas de Unamuno en su intrahistoria, de Lorca en su
tierra yerma, de Fuertes en su suburbio. Miraba el reloj y el tiempo pasaba
rápido mientras mi cerebro se empapaba de conocimientos o, más bien, de futuro.
Uno no sabe lo que es el orgullo hasta que no ha entendido la noción de
dignidad. De Ferrer aprendí a ser más de Unamuno que de Ortega. Aprendí que yo
soy yo contra mis circunstancias.
Me gusta abrir
un libro y saber de antemano cómo termina. Lo importante es vivir el proceso,
recorrer las páginas, entrar en la mente del que las escribe, ampliar mi
diccionario y descubrir sentimientos
nuevos, analizar, transportarme. Al abrir un libro entro de nuevo en mi calle y
la reescribo. Al cerrarlo, ni yo ni mi ecosistema somos los mismos. No sé quién
soy ni qué hago aquí, pero sé que cambio, que me palpo y mi piel se deshoja,
que las capas que descubro son cada vez más auténticas. Sueño con encontrar mi
esencia. Sueño con mirarme al espejo y sonreír con mirada limpia, porque mi
imagen es el patio de letras, mi calle atemporal en proceso de cambio, la
biblia y la sombra de la biblioteca que habita en mi casa, las palabras de un
padre rendido, la experiencia del maltrato y la violencia, la grieta que no se
encuentra, el vuelo del aprendizaje. Soy san Manuel en el lago, don Quijote en
campo abierto, el sapo húmedo que persigue a Ana Ozores, Chiripa deambulando
por las calles. Soy la consecuencia y el fruto de mi momento.
Digo sin reparo,
y aun pareciendo pedante por ello, que me siento orgullosa de mí misma. Tal y
como decía Unamuno, “se ve, se siente y se quiere con el entendimiento”. Estos
años he aprendido a ser, a sentirme, a
quererme, porque he analizado y he comprendido que una sombra solo es la
proyección de una materia. Tras ella o ante ellas me habito. Y no es que me
persiga, sino que no puede vivir sin mí porque yo soy quien la construye. Con
el tiempo, me sentiré en paz con mi pasado. Hoy duele menos que antes de ayer.
Esa sombra me lo recuerda. Me enorgullezco de mis ganas de aprender, de actuar
por instinto a pesar de las consecuencias. Estoy orgullosa de terminar algo en
soledad, algo en lo que solo yo creía.
Repito -y solo
lo hago egoístamente para que me quede claro- que no soy una sombra. Los bebés
de las adolescentes y los yonkis siguen creciendo. Las ancianas están casi
todas muertas. La vida sigue y sigo yo, en mi último año de universidad,
aprendiendo a desenmascararme. Sé lo que va a suceder. No puedo conocer el
futuro, pero más complicado es comprender el pasado. Sé que voy a terminar, que
saldré de ahí habiendo cumplido mi meta más inimaginable. Y, en el umbral del
portón del patio de letras, recordaré ese día. Bajaré a tierra firme de nuevo,
a caminar con la cabeza alta y con las alas del entendimiento a cuestas. Habré
sentido el orgullo del que hace un recorrido arduo y solitario, repleto de
contratiempos y vicisitudes. Y diré al entrar de nuevo en mi calle: aún
recuerdo aquel día.
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