viernes, 2 de febrero de 2024

 PROPUESTA SEMANA 1

 

 

Biografía de una calle

Marta Sánchez Mora

 

<<Yo, de pequeña, quería ser monja. Y mi padre, que era republicano, me pegaba cada vez que lo repetía. Yo, de pequeña, quería ser puta. Y mi madre, que era muy beata, me pegaba cada vez que lo repetía. Yo, de pequeña, quería ser poeta. Y la vida me pegaba. ¡Pero conseguí serlo!>>

“Autobio”. Gloria Fuertes

 

Aún recuerdo aquel día que dejé la universidad. Era mi primer semestre. Me llamaban para cubrir suplencias en la panadería de lunes a domingo. Tenía que ganar dinero. Tenía que sobrevivir. Mi vocación era hacer pan; mi devoción, leer. Mi casa siempre ha estado repleta de libros, aunque no de literatura. La biblioteca variaba dependiendo del grado de depresión de mi madre. La primera vez, se llenó de biblias. La segunda, de sombras.

Aún recuerdo aquel día. Mi ecosistema es una calle en la que venden droga. Las adolescentes se quedan embarazadas de algún yonki de turno. Los llantos de los bebés se mezclan con el estruendo de las sirenas de alguna ambulancia. Las ancianas de mi calle se van muriendo. Sus hijos, cuarentones carroñeros sin oficio ni beneficio, no suelen tardar en llegar para congelar al frío material de objetos y casas abandonadas. Ya no se les ve salir. Mi calle absorbe la luz. Mi calle aplasta mis sueños, los sepulta bajo el hormigón del asfalto. Se queman. 

Aquel día trabajé doce horas. Jornada partida. Cogí la llave de mis entrañas para entrar en casa, por fin. Mis padres, mi abuela, mi tío, un hermano que dicen que tengo y mi sobrina estaban dentro, mirando hacia la pared, buscando grietas para escapar. Mis otros hermanos lo consiguieron. Ya no vienen de visita. Conozco a García Lorca antes de que me lo presentaran. La casa estaba a oscuras, como casi siempre. Yo solo palpaba mi sombra. Yo solo era una panadera, no apta para estudiar, pero sí para renunciar a mí misma sin saber aún quién era. Tres televisores encendidos, a destiempo. Aquel día no traje pan ni paciencia.

Estuve un año trabajando los siete días de la semana. Sé que fue un año porque el calendario era lo único que me hacía sentir viva. Tres euros la hora. Cinco euros si era domingo. Uno sabe lo que es una página en blanco cuando ha vivido en el vacío.

Estudiar no sirve pa’ ná, hija. Llevas trabajando desde los dieciséis años siempre de panadera. No dejes la panadería. Te vas a arrepentir. Mira al hijo del Mateo: dos carreras y se ha vuelto loco. Ahí está, donde los locos, encerrao. Tú a trabajar, a encontrar un buen marido y a tener una familia, como he hecho yo con tu madre. A ver si te vas ya de casa, que tanto estudiar y viviendo aquí de la sopa boba, hostia… Ya tienes veinte años, hija.

Mi último día en la panadería fue amargo y gratificante a la vez. Aquel día me dio por parirme. El establecimiento estaba ubicado justo delante de mi antigua escuela de monjas. Las casualidades existen, pero traen consigo causalidades. Llegó Pilar, una antigua maestra de matemáticas que me presentó con catorce años a un concurso de poesía que gané. Quedé primera. Mi poema ganó a poemas de niños  que tenían madres sonrientes y sanas, padres   felices. Más que maestra era cómplice, amiga. Aún recuerdo ese abrazo, ese día…Inspiraba cultura. No hizo falta que me dijera nada. Nunca se me han dado bien las matemáticas, pero ella luchaba porque las entendiera. Aquel día supe despejar la ecuación de sus gestos, de su mirada. No voy a desvelar esa incógnita. Hay cosas que no son necesarias decir. Aquel día, Pilar no compró pan ni paciencia.

Aún recuerdo aquel día que llegué de nuevo a la universidad. Tenía que vivir. Nací tarde y nadie me esperaba. Estaba sola. Me senté en un banco del patio de letras y sonreí. Tras un año  sin sonreír y con agujetas en las mejillas por el gesto recorrí los alrededores pensando en el concepto de maldad. Yo solo encontraba ejemplos –los cuales me guardo para mi olvido-. Primera clase con el maestro Ferrer. Literatura vista en panorámica. Volaba alto y veía las cabezas de Unamuno en su intrahistoria, de Lorca en su tierra yerma, de Fuertes en su suburbio. Miraba el reloj y el tiempo pasaba rápido mientras mi cerebro se empapaba de conocimientos o, más bien, de futuro. Uno no sabe lo que es el orgullo hasta que no ha entendido la noción de dignidad. De Ferrer aprendí a ser más de Unamuno que de Ortega. Aprendí que yo soy yo contra mis circunstancias.

Me gusta abrir un libro y saber de antemano cómo termina. Lo importante es vivir el proceso, recorrer las páginas, entrar en la mente del que las escribe, ampliar mi diccionario y  descubrir sentimientos nuevos, analizar, transportarme. Al abrir un libro entro de nuevo en mi calle y la reescribo. Al cerrarlo, ni yo ni mi ecosistema somos los mismos. No sé quién soy ni qué hago aquí, pero sé que cambio, que me palpo y mi piel se deshoja, que las capas que descubro son cada vez más auténticas. Sueño con encontrar mi esencia. Sueño con mirarme al espejo y sonreír con mirada limpia, porque mi imagen es el patio de letras, mi calle atemporal en proceso de cambio, la biblia y la sombra de la biblioteca que habita en mi casa, las palabras de un padre rendido, la experiencia del maltrato y la violencia, la grieta que no se encuentra, el vuelo del aprendizaje. Soy san Manuel en el lago, don Quijote en campo abierto, el sapo húmedo que persigue a Ana Ozores, Chiripa deambulando por las calles. Soy la consecuencia y el fruto de mi momento.

Digo sin reparo, y aun pareciendo pedante por ello, que me siento orgullosa de mí misma. Tal y como decía Unamuno, “se ve, se siente y se quiere con el entendimiento”. Estos años he aprendido a ser,  a sentirme, a quererme, porque he analizado y he comprendido que una sombra solo es la proyección de una materia. Tras ella o ante ellas me habito. Y no es que me persiga, sino que no puede vivir sin mí porque yo soy quien la construye. Con el tiempo, me sentiré en paz con mi pasado. Hoy duele menos que antes de ayer. Esa sombra me lo recuerda. Me enorgullezco de mis ganas de aprender, de actuar por instinto a pesar de las consecuencias. Estoy orgullosa de terminar algo en soledad, algo en lo que solo yo creía.

Repito -y solo lo hago egoístamente para que me quede claro- que no soy una sombra. Los bebés de las adolescentes y los yonkis siguen creciendo. Las ancianas están casi todas muertas. La vida sigue y sigo yo, en mi último año de universidad, aprendiendo a desenmascararme. Sé lo que va a suceder. No puedo conocer el futuro, pero más complicado es comprender el pasado. Sé que voy a terminar, que saldré de ahí habiendo cumplido mi meta más inimaginable. Y, en el umbral del portón del patio de letras, recordaré ese día. Bajaré a tierra firme de nuevo, a caminar con la cabeza alta y con las alas del entendimiento a cuestas. Habré sentido el orgullo del que hace un recorrido arduo y solitario, repleto de contratiempos y vicisitudes. Y diré al entrar de nuevo en mi calle: aún recuerdo aquel día.

 

 


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