viernes, 2 de febrero de 2024

PROPUESTA SEMANA 1 

Taberna 

Rogelio Cortés Ciero

Bajo la mesa de la cocina y en una caja de cartón de patatas abierto junto al olor del aceite quemado y el cubo de basura que no muy lejos estaba, me quedaba dormido y obligado la primera parte de muchas noches. Recuerdo que apenas tenía 7 años, y que mi sentencia en los estudios era evidente. Trabajaba al salir de clase en una taberna heredada de mi abuelo, con mi padre, con su dura mirada, con aquellas manos que dominaban el mundo y que Dios le dió pero que no siempre te acariciaban. Era parte de mi familia y a quien sólo conocí cuando la vida me dio una oportunidad. Casi no podía con la escoba y aquel cubo lleno de agua, que lo paseaba mil veces para limpiar aquella taberna pequeña llena de aperos de labranza colgados en la pared. Aún tengo metido aquel olor a vino viejo de aquella barrica que mi padre tenía al fondo junto al baño, que yo tenía que rellenar cada dos días de un vino oloroso, dulce, que en garrafas le vendían al otro lado del pueblo. Caminaba ida y venida por el mismo camino 3 o 4 veces hasta dejar hasta la corcha la barrica completa, que apenas si alcanzaba hacerlo, subido en una escalera coja de dos pasos y con el cuidado, de que aquella pócima que bien caro pagaba mi padre no derramara ni una gota. Con una tiza apuntaba en la madera "vino de la tierra, copa 5 pesetas y un vaso de vino 10 pesetas". Tenía 5 mesas y sillas que arrastraba para dejarlo todo recogido a última hora de la noche, justo en la hora en la que se quedaban los mismos bebiendo chatos con mi padre en la barra, hasta que la lengua se le trababa y dejaban de hablar con entendimiento. A partir de ese momento me sentía noche tras noche huérfano y conviviendo con un maloliente ogro, borracho, donde la batalla la tenía siempre perdida y nunca me atreví a ponerme ni siquiera la armadura para enfrentarme a él. Me obligaba a recogerlo todo. Yo hacía mis deberes, bueno, aquellas sumas y restas que nunca me salían, en una de las mesas libres, y allí almorzaba, con un poco de pan y una cazuela de carne de ternera que le traían y que guisaba muy bien, con sus aromas, reposada, tierna, y a qué a mí me gustaba verlo hacer, porque mi padre era capaz de pintar de negro sobre mí, pero sus manos y su cabeza también le aligeraban la facilidad de poner un vino, unas espinacas con garbanzos, llevar la cuenta de cabeza de casi toda la barra, estar pendiente de aquella carne, hablar de política y además muchas, muchas veces con copas de más. Las acelgas estaban también riquísimas, o las lentejas, éxito de que la buena comida en aquella taberna se mantuviera siempre abierta. O a veces, en aquella puntilla clavada detrás de la barra colgaba un chorizo que yo mismo calentaba con cuidado al fuego, pero que despertaba a un muerto. La gente almorzaba y algunos parecían no tener casa porque hasta después de la noche seguían en aquel mostrador hablando no se qué, de campo, de política, reñían, se abrazaban, una taberna gobernaba por hombres donde el reloj no tenía manecilla pequeña. Y yo tenía que limpiar hasta las letrinas, que a veces me daban arcadas, obligado por aquella sombra sucia y ya sólo los dos, en aquella taberna mientras con otra copa en la mano y casi sin rostro siquiera, me miraba desde la barra. Y allí crecí, rodeado de hombres que iban pasando al recuerdo de mi memoria, donde con 16 años y por fin sólo, estrujado y habiendo aprendido de toda esta inmerecida enseñanza tuve que tirar de las riendas de aquella taberna sin nombre, y ser yo quien lidiara con aquellos borrachos que cerraban conmigo aquellas puertas pesadas de madera escuchando los elogios hacia mi padre, hacia su persona y que nunca pude maldecir porque yo en el fondo lo quería. No tenía nada, ni a nadie. Era mi casa muchas noches, eran mis lágrimas, pero era mi destino escrito tener que seguir los pasos de mi padre. Ahora, convertida en una taberna adaptada a los tiempos, donde comemos toda mi familia, mi mujer y mis dos hijos de lo que nos deja con holgura la mensualidad, donde la carta sigue siendo la misma porque no quise perder la esencia de sus platos y mucho menos aquel aprendizaje forzado que me dio la vida. Ahora sé que 2+2 son 4 y que todos dormimos en una cama y bajo un techo con olor a familia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

PROPUESTA 5  Incorregible  Jesús Ruiz Aún no sé por qué escribo esto, quizás sea por el vicio que tengo de la escritura, que pronto acabará....