PROPUESTA SEMANA 1
“El
rifle del séptimo de caballería”
Qué bonito es ser niño, tener diez años, que infancia tan feliz.
Vivía junto al campo, de una forma sana, campechana, natural, salvaje, el mejor
entorno donde poder dar rienda suelta a cualquier aventura. Cada día, al salir
de casa, se abría ante mí un huerto lleno de matas de tomate y pimientos, de
colores vivos y olor embriagador, rodeado de verdes olivos. Junto al huerto, un
pozo de agua clara y fresca, en la que saciábamos la sed tras mil juegos. Como
compañeros de viaje, mi hermano Luis, y mi vecino Pepe. Corríamos mil y una
aventuras. Un trozo de madera con gomas de pronto era un tirachinas, 6 cañas
unidas con cuerdas, una cabaña; sí, así era. Cuando al atardecer llegaba a
casa, todo seguía siendo tan de verdad…, comía y bebía como un salvaje, reía y
me enfadaba con pasión, descansaba como
un bebé. Tan de verdad como los Indios Salvajes, aquellos de las películas del Oeste.
Me sentía lleno de vida…cuánto echo de menos todo eso…
También me encantaba
ver películas de guerra, las batallas y luchas. Recuerdo especialmente las del
Oeste, con el Séptimo de Caballería rodeado de indios malvados disparando
flechas, cortando cabelleras. Por
entonces, tenía la certeza de que eran lo peor de la especie humana, aunque
vivieran en consonancia y respeto absoluto con la Naturaleza…pero eso yo aún lo
desconocía.
También me apasionaba imaginar batallas usando los plomillos de los cartuchos,
desplegando sobre el suelo del comedor enormes ejércitos, así pasaba horas y
horas. Aunque el culmen llegó en Reyes, en forma de escopeta de plomillos. Una de verdad, pensé
entusiasmado al verla, deseando probarla. Mi padre, puso esa tarde un cartón
sobre una pared del patio, a modo de diana, y la pasamos afinando la puntería y
alucinando con cada disparo.
Al día siguiente, me levanté sobre las 9 de la mañana.
Aquel sábado había amanecido algo nublado y fresquito. Tras desayunar lo tenía
claro, me fui a por el arma, ávido de dispararla. Quizás me sentía poderoso con
ella, no lo sé. Pedí permiso a mi padre y subí con la escopeta a la azotea.
Cual si un francotirador fuera, la apoyé sobre uno de los pilares decorativos y
comencé a apuntar mientras divisaba desde la mirilla todo el entorno. Podía ver
las tomateras, los olivos. Qué pasada pensé.
Instintivamente, enfoque el arma hacia el pozo. Pronto un subidón de adrenalina
se apoderó de mí, un pajarillo, un pequeño canario, se había posado sobre el
pretil, en cuyo interior corría el agua. Estaba tan lleno de alegría… no dejaba
de revoletear dando picotazos y bebiendo el agua clara, mientras trinaba una
preciosa melodía, que regalaba a raudales. Era pura dicha, aquel pajarillo se
regocijaba sencillamente de estar vivo, y beber agua fresquita. En ese momento,
la imagen de un soldado del séptimo de caballería disparando a un indio pasó
por mi cabeza un segundo, y me transformó en un soldado. Todo mi cuerpo se
tensó, era mi primer blanco, si lo abatía iría a mi padre a enseñarle el
trofeo, tenía que darle. Me acomodé bien la escopeta sobre el hombro, respiré,
apunté, y a los dos segundos disparé. Desde la
mirilla, pude ver el pajarillo caer por su propio peso hacia atrás, El
primer momento fue de orgullo, o quizás vanidad, había hecho Diana. Pero pronto una enorme tristeza y desazón se
apoderó de todo mí ser. Me sentía asqueado de mí mismo. Se me saltaron las
lágrimas, había matado a aquel pequeño ser celestial, por puro entretenimiento
y diversión, no por necesidad. Me levanté corriendo y bajé las escaleras
prestamente mientras me decía a mí mismo que estuviera vivo, o solo herido.
Pronto llegué al pozo, allí estaba su pequeño cuerpo inerte. Era precioso,
sentí un gran sentimiento de hermandad hacia él y una profunda tristeza a la
vez. Ya no existiría nunca más, ya no escucharía su precioso y alegre trinar,
ni bebería en un baile de regocijo aquella agua fresca y clara, nunca, para
toda la eternidad, y todo para qué y por qué.... Me puse a llorar
desconsoladamente mientras como pude le preparé una pequeña tumba bajo uno de
los olivos, en el sitio más hermoso que pude encontrar, a la que le puse unas
flores arriba del montón de tierra. Y recé a Dios para que cuidara de él. Ojalá
hubiera tenido conciencia y hubiera respetado el don más preciado que tenemos
los seres vivos y la Naturaleza, la vida, pues todos la compartimos. Nunca olvidaré aquel día, ni aquella lección.
Por eso hoy te lo cuento a ti hijo mío, ¿comprendes lo que te digo?
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