viernes, 2 de febrero de 2024

 PROPUESTA SEMANA 1

“El rifle del séptimo de caballería”

Antonio Jesús Jiménez Polvillo

Qué bonito es ser niño, tener diez años, que infancia tan feliz. Vivía junto al campo, de una forma sana, campechana, natural, salvaje, el mejor entorno donde poder dar rienda suelta a cualquier aventura. Cada día, al salir de casa, se abría ante mí un huerto lleno de matas de tomate y pimientos, de colores vivos y olor embriagador, rodeado de verdes olivos. Junto al huerto, un pozo de agua clara y fresca, en la que saciábamos la sed tras mil juegos. Como compañeros de viaje, mi hermano Luis, y mi vecino Pepe. Corríamos mil y una aventuras. Un trozo de madera con gomas de pronto era un tirachinas, 6 cañas unidas con cuerdas, una cabaña; sí, así era. Cuando al atardecer llegaba a casa, todo seguía siendo tan de verdad…, comía y bebía como un salvaje, reía y me enfadaba con pasión,  descansaba como un bebé. Tan de verdad como los Indios Salvajes, aquellos de las películas del Oeste. Me sentía lleno de vida…cuánto echo de menos todo eso…

 También me encantaba ver películas de guerra, las batallas y luchas. Recuerdo especialmente las del Oeste, con el Séptimo de Caballería rodeado de indios malvados disparando flechas, cortando cabelleras.  Por entonces, tenía la certeza de que eran lo peor de la especie humana, aunque vivieran en consonancia y respeto absoluto con la Naturaleza…pero eso yo aún lo desconocía.

También me apasionaba imaginar batallas  usando los plomillos de los cartuchos, desplegando sobre el suelo del comedor enormes ejércitos, así pasaba horas y horas. Aunque el culmen llegó en Reyes, en forma de  escopeta de plomillos. Una de verdad, pensé entusiasmado al verla, deseando probarla. Mi padre, puso esa tarde un cartón sobre una pared del patio, a modo de diana, y la pasamos afinando la puntería y alucinando con cada disparo.

Al día siguiente, me levanté sobre las 9 de la mañana. Aquel sábado había amanecido algo nublado y fresquito. Tras desayunar lo tenía claro, me fui a por el arma, ávido de dispararla. Quizás me sentía poderoso con ella, no lo sé. Pedí permiso a mi padre y subí con la escopeta a la azotea. Cual si un francotirador fuera, la apoyé sobre uno de los pilares decorativos y comencé a apuntar mientras divisaba desde la mirilla todo el entorno. Podía ver las tomateras, los olivos.  Qué pasada pensé. Instintivamente, enfoque el arma hacia el pozo. Pronto un subidón de adrenalina se apoderó de mí, un pajarillo, un pequeño canario, se había posado sobre el pretil, en cuyo interior corría el agua. Estaba tan lleno de alegría… no dejaba de revoletear dando picotazos y bebiendo el agua clara, mientras trinaba una preciosa melodía, que regalaba a raudales. Era pura dicha, aquel pajarillo se regocijaba sencillamente de estar vivo, y beber agua fresquita. En ese momento, la imagen de un soldado del séptimo de caballería disparando a un indio pasó por mi cabeza un segundo, y me transformó en un soldado. Todo mi cuerpo se tensó, era mi primer blanco, si lo abatía iría a mi padre a enseñarle el trofeo, tenía que darle. Me acomodé bien la escopeta sobre el hombro, respiré, apunté, y a los dos segundos disparé. Desde la  mirilla, pude ver el pajarillo caer por su propio peso hacia atrás, El primer momento fue de orgullo, o quizás vanidad, había hecho Diana.  Pero pronto una enorme tristeza y desazón se apoderó de todo mí ser. Me sentía asqueado de mí mismo. Se me saltaron las lágrimas, había matado a aquel pequeño ser celestial, por puro entretenimiento y diversión, no por necesidad. Me levanté corriendo y bajé las escaleras prestamente mientras me decía a mí mismo que estuviera vivo, o solo herido. Pronto llegué al pozo, allí estaba su pequeño cuerpo inerte. Era precioso, sentí un gran sentimiento de hermandad hacia él y una profunda tristeza a la vez. Ya no existiría nunca más, ya no escucharía su precioso y alegre trinar, ni bebería en un baile de regocijo aquella agua fresca y clara, nunca, para toda la eternidad, y todo para qué y por qué.... Me puse a llorar desconsoladamente mientras como pude le preparé una pequeña tumba bajo uno de los olivos, en el sitio más hermoso que pude encontrar, a la que le puse unas flores arriba del montón de tierra. Y recé a Dios para que cuidara de él. Ojalá hubiera tenido conciencia y hubiera respetado el don más preciado que tenemos los seres vivos y la Naturaleza, la vida, pues todos la compartimos.  Nunca olvidaré aquel día, ni aquella lección. Por eso hoy te lo cuento a ti hijo mío, ¿comprendes lo que te digo?

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

PROPUESTA 5  Incorregible  Jesús Ruiz Aún no sé por qué escribo esto, quizás sea por el vicio que tengo de la escritura, que pronto acabará....