PROPUESTA SEMANA 1
Legado
Lola Beltrán Pérez
Mi abuela no me quiso nunca.
Era viuda, joven y, una de las personas más listas que he conocido en mi vida,
sin dejar atrás el poco afecto y cariño que mostro siempre hacia mí, su único
nieto.
Al día de hoy, sentado en este despacho
enorme, donde presido esta empresa y mirando a través de la ventana, recuerdo
sus comentarios lapidarios: “GASTA SIEMPRE UNA MONEDA MENOS DE LO QUE GANAS o
DEJA DE MIRAR PAREDES, MIRA POR LA VENTANA.”
Por desgracia ya no vive, murió el mismo día
que cumplí los diecisiete años. Tenía seis hijos, todos varones, religiosos y,
con virtudes muy validas, trabajadores, honestos, prudentes y alguna que otra
más.
Pero a todos les faltó la
virtud de rigor, la perseverancia, para ser algo más en la vida, deseo prioritario
de mi abuela para ellos.
De los seis, solo uno se casó, mi padre,
y puedo decir que de todos los hermanos
era el más paciente, pero con el tiempo pude comprobar que era más sereno que
otra cosa, vivía en su propio mundo, es el típico hombre que no hace aprecio de
lo que le aconsejan, es conformista y sobre todo hogareño. Entre hermanos, solo
existía una norma, no entrometerse
en sus asuntos. Lo único que les unía
era la tierra y el ganado.
Yo era invisible a los
ojos de mi abuela, no así de sus palabras. Cuando sufría un nivel alto de
frustración provocado por la poca iniciativa y estimulación de cada uno de sus
hijos, siempre me buscaba con la mirada dominante, señalándome con el aliento y
escupía su enfado, “aprende de todo cuanto te ofrezca la vida, por muy insignificante
que sea, siempre hay una lección que te fortalece, es la única manera de ser
alguien en esta vida”.
Mi abuela me veía como un
niño adulto. Era su punto de tiro. Un día me llego a decir “eres igualito a tu
padre, tendrás los mismos defectos y no llegaras a ser nadie”. A veces me preguntaba
porque percibía en mí la ausencia de alguna virtud esperada. En cualquier caso, nunca me hizo daño con su actitud, llevaba
razón, mi padre sin embargo sí, no me
defendió ni una sola vez, tan solo sonreía y
balbuceando no se qué cosa, metía la mano en el bolsillo del pantalón,
cogía un trocito de miga de pan y me la tiraba, quitando hierro al asunto
y reíamos hasta doler el estomago. Esto
la enfurecía aún más y de un salto que nadie se explicaba debido a sus
constantes quejas de dolor de rodillas, partía para su casa, dejando a todos
atónitos, pero con unas ganas locas de seguir el concierto de risas, por todos y cada uno de
los que compartíamos mesa. Ella nunca contempló, lo mucho que la admiraba,
tenía la mejor virtud, personalidad, y
de ello aprendí a prevalecer. La escuchaba con mucha atención y disimulo, todo
lo que aconsejaba a sus hijos en diferentes situaciones cayendo en saco roto, para mí, fue la mejor enseñanza que recibí en
mi corta vida. Siempre estaré agradecido
por su legado.
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